Monday, March 05, 2007

Carretera Austral Parte 2: Puerto Montt y Hornopirén



Días 4 y 5: Pucón-Puerto Montt, inicio de la Ruta 7, Hornopirén.

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A pesar de haberme acostado tarde, desperté temprano. La carpa no estaba iluminada por el sol. Se escuchaba un ruido suave, constante, casi como el ruido blanco de una tele sin señal. Estaba quedándome dormido nuevamente, cuando entendí qué era el ruido. Lluvia. Eso implicaba que tendríamos que desarmar todo y empacar bajo la lluvia.

Eso hicimos, y fue bastante desagradable. En el montón de cosas que teníamos sobre y bajo la mesa del sitio de camping, que permanecía uno de los pocos lugares más secos del entorno, habrá estado mi colchoneta semi-inflable. Regalo de navidad, se inflaba solo, gracias a la espuma en su interior, hasta alcanzar unos 3 cm de grosor. Unos días después, descubrí que lo había perdido, seguramente colgado del árbol o bajo la mesa.

Mojados e incómodos con los trajes de lluvia, partimos. No queríamos saber nada del entorno, de los desvíos: queríamos llegar lo antes posible.

Y así lo hicimos. Parando en estaciones de servicio de vez en cuando, para cargar combustible o comer algo. En una de esas paradas, los dos con los trajes de lluvia a medio colocar, algún incauto le preguntó a camilo si acaso eramos repartidores.



Y se hizo de noche.



Llegamos tarde a Puerto Montt, y no quedamos muy fascinados con lo que alcanzamos a ver de la ciudad. Elegimos quedarnos en un hotel (Millahue), para poder secar las cosas. Llovía todavía.

A la mañana siguiente fuimos al Easy, a comprar algunas cosas necesarias. Yo me había llevado la desagradable sorpresa de que mis galochas impermeables, necesarias para complementar el largo de las botas, habían sufrido una crisis existencial, y ya no eran impermeables. Al parecer, la capa impermeable se deshizo en algunas partes.

Decidí comprar unos metros de polietileno, pegamento de contacto transparente, cinta 3M doble faz para exteriores. Tenía pensado extender el largo de los pantalones de lluvia, dado que se subían al montar la moto. Camilo compró guantes de cocina (sí, de esos amarillos), porque sus guantes se empapaban.

Antes de dejar la habitación, noté que el techo del edificio de al lado había sido usado para una extraña tarea de re-decoración.



Partimos bajo la lluvia hacia Hornopirén. Por fin comenzaba el Camino Longitudinal Austral, la Ruta 7. No sabíamos qué esperar: barro, hoyos, calamina, piedras gigantes.



Luego de unos 60 km llegamos a Caleta La Arena, donde tomaríamos la primera barcaza. La cola era larga, pero nos dirigimos directamente a la rampa. Ahí compramos unas ricas empanadas (las últimas por un bueeeeen tiempo), las que no alcanzamos a terminar antes de que llegara El Trauco.



Llovía.







La barcaza se movía bastante, y con las motos cargadas, había riesgo de que se cayeran, particularmente la mía. Al lado, un gran camión, que se mecía sobre su suspensión con cada vaivén.





Al otro lado, unos 50 km de camino hasta Hornopirén.



No se ve muy bien, pero al fondo, una pared de Nalcas, esas plantas con las hojas gigantes que nos acompañaron en las partes de mayor vegetación.



No lo sabíamos en ese momento, pero ese tramo era un ejemplo de lo que sería una buena parte de la Carretera Austral. Los miedos por el barro resultaron ser infundados, y aunque algunos tramos eran más difíciles que otros, en ninguna parte hubo complicaciones serias (dejando de lado, claro, la gravilla suelta con viento fuerte, miedo de todo motociclista).

El mayor peligro lo constituían los otros vehículos, y eso fue una constante en todo el viaje. En muchos tramos, el camino no tiene el ancho suficiente para el paso relajado de dos vehículos, y ustedes saben lo que eso significa para una moto.





A veces el camino sí tenía el ancho suficiente, pero los costados estaban cubiertos de gravilla, y a veces, derechamente piedras sueltas.



En Hornopirén, llovía.



Llegamos a la oficina de Naviera Autral, pero estaban cerrados por colación. Había mucha gente estacionada, gente parada, gente esperando que abrieran. Salió un tipo joven, y por la forma que lo miraban, seguramente trabajaba ahí. Una gringa le hizo una pregunta, y le comenzó a responder en inglés. Yo me metí, hablando también en inglés, y cuando ya no pudo entender lo que le decía, pasé al castellano, cosa que lo sorprendió, y a los demás. El problema era que, si bien yo no era rubia, por lo menos antes había sido gringo, y viendo que ahora era un mero "chileno", no me dio más bola, no respondió mis preguntas, se dio media vuelta, y se fue. Un primer bocado de lo que más tarde aprenderíamos era el modus operandi de la Naviera Austral.



No habían pasajes para viajar ese día, y había gente que tendría que esperar tres o cuatro días para poder viajar. Por suerte logramos obtener algo para el día siguiente.

Esa noche recorrimos las ferreterías de Hornopirén buscando una llave Allen de 12 mm. Camilo lo necesitaba para poder sacar la rueda delantera, en caso de pinchazo. Dimos con lo que tiene que ser la ferretería mejor equipada de pueblo que hemos visto jamás. Piolas de bicicleta, cadenas, dados, clavos, pegamentos, lubricantes, marcos para placas patentes, rollos de alambre, malla, había relamente de todo. Y Camilo encontró un set de llaves Allen, que incluían la que buscaba él. Bien simpático el tipo que atendía, además.




Abro los ojos otra vez y apago definitivamente la alarma del celular.

El ronroneo constante de la pequeña estufa a gas, el aire frío y las dos frazadas en mi cama no son algo que normalmente requiera en Febrero. Afuera llueve levemente. En cualquier objeto que pase por gancho (como las varillas de las cortinas), hay por lo menos dos cosas húmedas colgadas, secándose. Camilo duerme todavía. Corro unos cm de cortina y miro hacia afuera. Ahí están las motos: empapadas, con restos de barro y arena. Si sigo el angosto camino con la mirada, al fondo, sobre arbustos y árboles, están las negras siluetas de los cerros, cubiertos en densa vegetación.

En ese momento se abren levemente las nubes. Al cuarto entra un poco más de luz; una que otra sombra se vuelve más nítida. En las motos, las gotas alcanzan a relucir. Y sin más, se cierran otra vez las nubes. Presiento que será el único pedazo de sol que veré en todo el día.




Aprovechando que tenía la moto descargada, partí a dar una vuelta.



Después de la lluvia, sol.





Tomé un camino hacia el Parque Nacional Hornopirén, pasando por Chaqueihua. El camino terminó frente a un aserradero, y más adelante, un lugar con toda la apariencia de ser propiedad privada, aunque al parecer era la entrada al parque. Mi intención de llegar al Lago General Pinto Concha se vio frustrada.





En el aserradero me contaron de otro camino, que llegaba hasta otro lago. El camino era difícil, pero en moto se podía. Y partí.

Efectivamente: el camino era para vehículos 4x4. Piedras grandes volcánicas y una superficie irregular hacían que la subida fuera difícil, pero muy, muy entretenida.







Subiendo por el camino, pasando por pozas de agua que llegaban hasta la mitad del motor, dándole duro sobre rocas descaradamente filudas y deformes, llegué a un tramo prácticamente imposible de hacer sin llevar ya velocidad (no olvidar la diferencia fundamental entre pasar un obstáculo usando tu inercia, versus la fuerza del motor, particularmente en una subida empinada). Perdí velocidad, y casi me voy hacia el lado, en una de esas casi caídas a 0 km/h. Las galochas Polo que me puse (por si llovía, y para no mojar mis jeans para el resto del viaje ese día) quedaron en muy mal estado luego de las patadas y resbalones sobre rocas volcánicas. Con la ayuda de un hombre que apareció de la nada, logré empujar la moto sobre el obstáculo, y seguir. Empapado de sudor (porque vestía también los pantalones del traje de lluvia), seguí.



Luego de más pozas, barro y todo lo demás, decidí parar. El camino se había hecho ridículamente empinado e irregular, al punto que no sabía si podría volver sin problemas. La visita al lago Cabrera quedaría para otro día.

La bajada resultó ser más fácil que la subida, e igual de entretenida. Esta es la casa del hombre que me ayudó.



Y esta es la subida difícil. El horizonte se encuentra más o menos a la altura de las piedras entre los tablones anchos en diagonal, en el tercio inferior de la foto.





Empapado por sudor, cubierto en barro, arena volcánica y hojas muertas, llegué a la cabaña, donde Camilo estaba tomando sol o algo igualmente fifí. Él partió a reservar puesto en la cola para la barcaza, y yo me cambié, y empaqué mis cosas. Me puse los pantalones térmicos que compré en Código33, en vez de los jeans, y la chaqueta, sin polera, la cual dejé sobre el equipaje en la moto, para que se secara.

Nos embarcamos sin problemas, y ataron las motos con amarras. Cuando todos estábamos a bordo, una familia discutía con la tripulación. "Tenemos reserva, pasaje comprado con la placa del vehículo, es para hoy, y ustedes no nos están dejando subir". La respuesta del encargado era simplemente que les convenía bajarse ahora de la barcaza, porque iban a subir la rampa de acceso. Y con eso, con la subida de la rampa, cortaron toda discusión. Un caballero me comentó, al observar todo esto, que tal escena se repetía habitualmente. "No, si esto pasa siempre. Es un descaro". Viva la Naviera Austral.

Siguiente capítulo: Caleta Gonzalo a La Junta.

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9 Comments:

Blogger Roberto Lineros said...

buena foto la del pidador de ladrilllos. guena.

2:19 PM  
Blogger Alicia said...

Hola, un amigo me mensionó este blog y lo encontré genial. Principalmente porque viajas demasiado, y lo mejor esque viajas en moto.
Uno de mis sueños que algún día pretendo cumplir es recorrer Chile en moto.
Estuve leyendo y viendo tus fotos y estuviste en varias partes que yo también estuve en estas vacaciones. Aunque se suponía que con mi familia queríamos llegar hasta la carretera austral, no pudimos, yaque no contabamos con un vehículo 4x4 ni tampoco con el dinero.
Saludos!

3:26 PM  
Blogger RiShIgO said...

Aventurero...después de leer estos dos capítulos…espero con "ENTUSIASMO" el resto de entregas y las fotos que le acompañaran...Tus fotos en blanco y negro me gustaron bastante, y es increíble ver como con un relato simple y unas estupendas imágenes logras captar la atención...en definitiva...que bueno que estés de vuelta!!!
Cuídate
Salu2

11:14 PM  
Blogger Jaskask said...

Gente malhadada. Pero van mejorando las pics. :P

Mañana: como Paul logra ir al baño dentro de su propia moto. :P Nah, bromis. No da para tanto, o si?

1:03 AM  
Blogger ilarrain said...

Hola, soy ilarrain, de la ADACH.
Tuviste suerte con la Naviera Austral. El año pasado quedé varado en Hornopirén. El transbordador zarpó con 37 horas de atraso. Y eso que iba a pata.

7:38 PM  
Blogger Francisco said...

Hola, demasiado bueno el blog, el sueño de cualquiera viajar asi por Chile. Yo tb ando en moto tengo solo 21 años y quiero cambiarla por una enduro para meterme más a la tierra..el 2007 anduve en la carretera austral tambiíen, pero en bicicleta. Este año voy denuevo, pero el recorrido depende de la situación del Pumalin sur, que está cerrado por lo del Chaitén...bueno saludos excelente blog!

11:48 AM  
Blogger Jurgen Krupp said...

Hoy dí con este blog, buscando imágenes de Pargua-Chacao.
Resultado: no he podido parar de leer y de reirme de las situaciones.

Excelente viaje. Lamentablemente no podré hacer nunca lo mismo, pues ya tengo más de 45 años...pero algún día intentaré que mis hijos hagan el recorrido, si ellos así lo quieren.

Saludos y sigue escribiendo tus andanzas, tienes pluma para ello.

3:23 PM  
Blogger Miyaki said...

Jurgen...porque te avejentas tanto yo tengo la misma edad tuya y me las ingenio re bien para andar en moto patiparreando...el dia que te subes a una moto te cambia la vida y las perspectivas de vida cambian, animo amigo el aire en la cara te rejuvenese, hasta los achaques se me quitaron.

4:14 PM  
Anonymous Anonymous said...

hola!!!!!!!!!!!
tenemos 43 y 54 años, lo vamos a hacer este año, si Dios quiere, en una motorhome, con nuestras hijas!!!!!!!
gracias por tanta información!!!!!!!!!!
Alicia

6:22 PM  

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