Qué bueno verte por aquí, forastero. No importa de donde vengas, lo importante es que has llegado.

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Bienvenido seas, y que tengas suerte en tus andanzas.
durandal

Tuesday, June 02, 2009

Las Lagunas del Santuario 3: Montañas y Sorojchi

Este artículo viene ridículamente atrasado. Corresponde al último viaje que hice en enero de este año, y lo he tenido en pausa durante un semestre entero. Ya estoy en Chile otra vez, y recién ahora lo vengo a publicar.

Éste fue el primer paseo en el que me di cuenta que las panorámicas eran la mejor manera de mostrar el entorno, mucho más allá de las posibilidades que ofrece una sola foto. Así que le di rienda suelta a las panorámicas. Diría que hay unas cuarenta. Espero que el gentil lector no se sature. Recuerda: todas las panorámicas son links a fotos de mayor resolución.

Al grano, entonces. Era la última semana de mi estadía y también la última oportunidad que tendría de salir a pasear. Quedaban algunos paseos pendientes que no había podido realizar, pero éste era el más importante: volver, en verano, a las Lagunas del Santuario. Rodrigo ya se había devuelto a Panamá, donde estaba trabajando y según recuerdo Chico no quiso salir porque al día siguiente iba a participar en alguna carrera. Hice algunas otras llamadas, y me quedó claro que la situación era preocupante: hasta el momento, no tenía quién me acompañara. Ir solo a las Lagunas del Santuario, ni loco.

Por los foros me puse en contacto con Felipe y Nico, quienes se animaron a ir.

Del comienzo al primer descanso, no hubo ninguna novedad. Ahí Felipe partió a buscar un geocache dejado por Run, hace año y medio, en mi primera ida a las Lagunas del Santuario. Ahí estaba la lata de almendras, con su bitácora y su regalito.



Era hora de ponerse crema solar.



Seguimos adelante, y si bien el paisaje no estaba tan floreado como en la ocasión anterior, sí había manchones de color por aquí y por allá.



Uno de los tramos más fáciles del camino de subida.



A veces la huella era buena, fácil. A veces no.



Y él? Qué hacía allá arriba? Por primera vez nos encontrábamos con alguien en la casa de la quebrada.



No hay nada más acá arriba. La casita, unos animales, y sería todo.



Ahí Felipe y Nico conversaron con su dueño. Les contó que se quedaban en esa casa para llevar a los animales a las veranadas. El tramo de Santiago a ese punto les tomaba 5 horas, y en el invierno, era necesario salir por el camino que va hacia la mina.

Hoy estaba abriendo un cauce para que corriera agua de las vertientes que brotaban un poco más arriba en el cerro. Con esa agua regaría más abajo, para que creciera más pasto.



Luego del largo y sinuoso camino, llegamos a lo alto y plano.



Nico y Felipe andaban a paso seguro y constante, a pesar de su poca experiencia en tierra.




A lo lejos, el Cerro Manquehue y el resto de Santiago, bajo su capa gris de smog.



Adelante, adelante. Ésta era solamente una fracción del camino que nos esperaba.



Pero eventualmente uno llega a las lomas de los cerros, y el andar es más rápido, más fácil.



Con cuidado de no asustar a las vacas, seguimos cuesta arriba.



De ahí, al túnel. Esta vez no se me apagó el motor con el agua fría. Y fue un alivio poder salir del sol y el calor.



Del otro lado del túnel subimos a las antenas.



Hay una huella angosta que lleva a no sé dónde. Mientras Nico y Felipe siguieron por el camino principal, yo me aventuré a explorarla.



Era más pronunciada de lo que parecía, y la tierra estaba seca y suelta.



La huella se hizo angosta, y no quise aventurarme más allá, particularmente por estar solo y con tanto peso en la moto. Los otros dos ya habían seguido por el camino principal, y los había perdido de vista.



Me devolví.



Llaretas (azorella compacta) vivas y muertas. Sabían que crecen aproximadamente un milímetro por año?



Una parada para descansar, mirar la vista. Los cerros comenzaban a mostrar sus verdaderos colores.



Aquí y allá aparecían vertientes, zonas verdes donde algunos caballos pastoreaban.



Pequeños oasis de verde en un paisaje seco, seco.



Una parada para descansar.



Hace cuánto tiempo habrán estado estos huesos aquí?



Y seguimos por el camino.



Una de las alternativas de ruta estaba cortada por la nieve. Me pregunto cuándo se librará. Marzo? Abril?



Y por fin llegamos a la primera laguna, la Laguna Collara o Acollarada, según distintas fuentes. Ahí Felipe dejó otro geocache.



Mi almuerzo, inflado como globo por la altitud.



Algún día iremos a navegar esa laguna con Rodrigo. Algún día!






Calor, calor.



Sabías que las flores de las llaretas son hermafroditas?



Daban ganas de quedarse remojando en el agua. Se imaginan qué lujo?



Una de las últimas vistas hacia el Valle Central.



Y un largo camino por recorrer todavía.



Seguimos adelante. Lo mejor estaba todavía por venir.



Sonríe!



La falta de potencia por altitud era ya notoria.



Otra laguna más.



Nos falta uno? Habrá parado? Me pasó ya, o se quedó atrás?



Ah, ahí está.



Por fin, a lo que vinimos. Las vistas espectaculares.



Paparazeando.



Pero cómo no hacerlo? Quién no lo haría en este lugar?



De ahí faltaba poco para llegar a la torre pequeña. Por si no la recuerdan, aquí está el año pasado, cuando fui con Rodrigo y Daniel.



La torre está al final de una subida sinuosa de piedra suelta. Yo subí sin dificultad, pero Nico y Felipe se quedaron atrás.



Subí hasta la grilla, pero no la pude levantar. Tampoco hice gran esfuerzo. Me esperaban abajo.



Se imaginan estar allá arriba?



Ésta se merece una toma un poco más ancha.



Por el otro lado, los caminos que eventualmente llevan a la mina de La Disputada.



Me acerqué al borde para ver si los veía.



No estaban por ninguna parte, así que tuve que bajar.



Los encontré mirando los planeadores. Sí, planeadores.



Iban y venían, iban y venían. A veces a mayor altitud que nosotros, a veces a menor altitud, por el valle.



Allá lejos, una laguna misteriosa. Ni idea si es posible llegar a ella.



El año pasado vi un sólo planeador. Esta vez, habían cinco. Volaban por arriba y por debajo de nuestra posición sin más que un ruido de viento y, a veces, los tonos del indicador de velocidad vertical y la estática de sus radios, apenas audibles al aguantar la respiración.



A veces nos miraban al pasar. Éste piloto usaba un gorro de tela, y no puedo evitar imaginarme la camiseta Lacoste y el reloj caro. :P



Unos llegan por el aire, unos llegan por la tierra. Pero de alguna manera u otra, llegamos todos a la Cordillera.



Era hora de seguir adelante. Nico y Felipe estaban demasiado cansados como para seguir, así que se devolvieron. Seguí solo.

Si es que no lo saben ya, recuerdan cómo se llaman estas formaciones de nieve? Les conté en el artículo pasado.



Se merece una toma más ancha.



Aunque estar solo en la Cordillera no es buena idea, no se pueden imaginar lo que comencé a sentir unos minutos después de despedirme de ellos. Estás en la cima del mundo, todo brilla con colores intensos, y lo tienes todo para ti. Vas montado sobre unos cien kilos de metal y gasolina y goma y aceite, y su esquelética forma logra impulsarte sin esfuerzo a donde quieras llegar. Unos vuelan por el aire, puros e intocados, otros vuelan a ras de suelo, envolviéndose de polvo y comulgando con la Pacha Mama.



Es como para quedarse el día entero mirando, absorbiendo colores.



A lo lejos, las torres de alta tensión.



Y para allá iba, hacia la Laguna Los Ángeles, el destino final.



El camino empalma con la ruta que lleva al Paso Los Libertadores.



Ya en la parte más alta del valle, tenía una vista más clara y cercana.



De ahí a la primera laguna no habrán pasado más de cinco minutos. La nieve ya se había retirado del camino, a diferencia del año pasado, cuando nos vimos obligados a cruzar por un campo de rocas de todos los tamaños. Pero hoy no sería así.



Las nubes pasaban, silenciosas, arrastrando sus mantos de sombras por el valle.



Podría haberme quedado horas aquí mismo, en este mismo punto, quizás remojando los pies, escuchando la brisa, el silencio. Pero siempre había que seguir adelante. No podía darme el lujo de arriesgar el anochecer aquí arriba, en caso de un pinchazo. Andaba solo; todavía albergaba la esperanza de alcanzar a Nico y a Felipe, dada la diferencia de nuestros ritmos de andar.



Se imaginan lo que es estar ahí?



Y otra cosa había comenzado a recordarme que mi tiempo aquí era limitado: un incipiente dolor de cabeza.



Pequeñas maravillas de la cordillera.



Y una vista poco más ancha.



Da la impresión de estar en el norte, bien al norte, pero no: estamos a unos kilómetros de Santiago.



En la Laguna Los Ángeles me encontré con dos motos estacionadas. Bajé a la orilla, y ahí estaban sus dueños, pescando. Conversamos un rato. A eso habían venido: a pescar. Qué cosa más insólita. Nos despedimos, y comencé a equiparme otra vez: era hora de dar la vuelta y bajar. Paré un poco más allá para rellenar mis botellas de agua con nieve. Me pregunté si el dolor de cabeza habrá sido por deshidratación. Tomé aguanieve, comí maní. Nunca la nieve sola.



Más fotos. No quería irme.



Cómo querer irse de un lugar así?



Las paredes del valle reflejaban el sol, todo era increíblemente brillante. Me dolían los ojos, pero no puedo tomar fotos con la cámara grande y usar lentes a la vez. Con la cámara chica sí puedo, si ladeo la cabeza para poder ver algo en el visor LCD, alineando la polarización de mis lentes con la de la pantalla.



La cabeza me había estado doliendo, pero hasta ese momento lo había podido ignorar. Subiendo por segunda vez hasta el punto más alto del recorrido, sentí claramente, en los pocos minutos que me tomó ascender desde el valle hasta la loma, cómo mi corazón comenzaba a latir con determinación y fuerza. Sentía cada bombeo como un golpe en el pecho, lo escuchaba en los oídos, la cabeza me retumbaba al son. Esto no iba bien.



Me quedó claro que tenía que bajar pronto, porque este tipo de cosas no desaparecen solas. Las fotos, de ahí en adelante, fueron apresuradas, el tiempo mínimo para detenerse, sacar la cámara chica y tomar un par de fotos a ciegas.



En retrospectiva, no sé por qué no me detuve a tomar un par de aspirinas. Llevaba el botiquín completo amarrado al tapabarro delantero, y además siempre llevo algunas en el banano de la cámara chica, en el manubrio. Pero en esas situaciones ya no piensas al 100%, otras tonteras te dominan el pensar.



Una sola vez me he sentido así, aunque sin tanto bombeo de corazón. Fue en un viaje a Pucón, para una conferencia de Óptica Cuántica. Me tiré a hacer más de 40 km en bicicleta, la mitad en camino de tierra, dándole fuerte con un estado físico de cero entrenamiento. Terminé sentado en la cama de mi habitación, sin poder reclinarme sin causar dolor de pecho y acentuar el dolor que me producía respirar. Lo más raro: al día siguiente me sentía como si nada hubiera pasado. Misterios del cosmos.



De haber tenido el tiempo para sentarme a la sombra de la moto, habría visto como avanzaban las nubes. Pero no había tiempo.



El comienzo de la larga bajada.



Me habría gustado dedicarle más tiempo a este sastrugi. Acostarme al lado de él buscar quizás una macro, alguna toma de dos planos, pero no podía. Tenía que bajar.



A veces dan ganas de tener una moto de más motor, estar sin tanto peso, y lanzarse por las lomas y laderas vírgenes de los cerros.



Ya al otro lado de la loma, tomé por error el camino errado. Con el GPS registrando la huella y todo, había logrado meterme por otra parte, y no me di cuenta sino mucho después, estando en el fondo del valle.



Tuve que subir otra vez. El paseo ya estaba muy decididamente en etapa de retorno, y no quería permanecer más tiempo a esa altitud. Por más que descansara, que me quedara inmóvil, que tomara agua, que respirara profundamente, nada quitaba el bombo que llevaba en el pecho, el zumbido en mis oídos y el dolor de cabeza. Ya me dolía al respirar. Esto no iba bien.



Las siemprepresentes nubes veraniegas sobre la cordillera. La maravilla de esta ruta es que no se adentra tanto, sino que sigue un rumbo más nortino. En consecuencia, las nubes de la tarde no tapan el sol.



Camino errado tras camino errado. Ya no estaba pensando de manera clara. Tenía la ruta ahí mismo en el GPS, pero todas las rayas rosadas se entrecruzaban, no había forma de distinguir la ruta correcta de los intentos errados. Dejé de prestarle atención.



Las dos veces anteriores que he hecho este recorrido, he terminado absolutamente molido para cuando toca comenzar a bajar la interminable huella de vuelta a Santiago. Las dos veces he tenido caídas por cansancio. Esta vez no fue una excepción.



Por suerte caí sobre roca molida, sobre el muslo derecho, y no sobre el glúteo, donde tenía un par de puntos hechos recientemente. Eso es suerte.

Parar la moto fue lo más difícil de todo el paseo. La cabeza me nadaba y el corazón parecía querer escaparse por mi boca. Temía desmayarme. Cada respiro me dolía en el pecho.

Seguí cuesta abajo, un tambor sobre dos ruedas, pum pum pum pum pum. No daba tregua.

Justo por ahí cerca de la pasada hacia Shangri-La me encontré con otras dos motos. Paramos a conversar un rato. No recuerdo mucho de lo que hablamos. Creo que uno ubicaba de nombre El Cantar de la Lluvia. Tomé lo que quedaba del agua, nos despedimos. No lo sabía en ese momento, pero tenía fiebre. Mencioné que, en mi apuro por concretar el último paseo del viaje, había salido al cerro con las últimas patadas de un resfrío?

Tenía la difusa esperanza de encontrarme con Nico y Felipe antes de llegar a la entrada del parque, pero no los encontré.

En la caseta del guardaparque no cambié mis guantes por los de cuero, no volví a subir la presión de los neumáticos antes de pasar a la calle. Quería llegar a casa. No me daba ni el ánimo ni la energía.

Cuando finalmente llegué a casa, no podía oír bien. Tenía el mar en los oídos, y al ladear mi cabeza, el sonido del mar cambiaba, cambiaba. Subí a mi cuarto y me tiré a la cama. Hacían 30ºC según el termómetro en mi estante de libros, y con el efecto sauna, fui recobrando la normalidad, eventualmente pudiendo arrastrarme hacia la ducha.

Fue el paseo más duro de todos los que he hecho, pero estaba feliz de haber logrado obtener las fotos que buscaba antes de partir de vuelta a los yunai.

Las weás que uno hace por comulgar con la Pacha Mama, no?

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Sunday, April 19, 2009

Rally Dakar Argentina-Chile 2009

Por esas cosas de la vida la mítica carrera Paris-Dakar, que venía corriéndose desde el '79, se realizó por primera vez en el continente americano, entre Buenos Aires y Valparaíso. Pero la ruta ya había sufrido modificaciones. De hecho, consideren:
  • 1979–1980: Paris–Dakar
  • 1981–1988: Paris–Algiers–Dakar
  • 1989: Paris–Tunis–Dakar
  • 1990–1991: Paris–Tripoli–Dakar
  • 1992: Paris–Cape Town
  • 1993: Paris–Dakar
  • 1994: Paris–Dakar–Paris
  • 1995–1996: Granada–Dakar
  • 1997: Dakar–Agadez–Dakar
  • 1998: Paris–Granada–Dakar
  • 1999: Granada–Dakar
  • 2000: Dakar–Cairo
  • 2001: Paris–Dakar
  • 2002: Arras–Madrid–Dakar
  • 2003: Marseille–Sharm el-Sheikh
  • 2004: Clermont-Ferrand–Dakar
  • 2005: Barcelona–Dakar
  • 2006-2007: Lisbon–Dakar
  • 2008: cancelled
  • 2009: Buenos Aires–Valparaíso–Buenos Aires
(Fuente: Wikipedia)

Yo tuve la suerte de estar en Chile para su venida, y más aún, de toparme con los vehículos en la Ruta 5. No andaban en carrera, sino que venían tranquilos luego de pasar el Paso Los Libertadores desde Argentina, donde los retrasos aduaneros habrían hecho ridículo cualquier intento de competir. Además al día siguiente tendrían un día libre en Valparaíso, para descansar.

Me limitaré a poco más que compartir las fotos y los nombres de los pilotos.

La primera moto me la encontré afuera de una Copec en la Ruta 5 Norte. Su piloto había sido tentado por el hambre.

095 LIBBRECHT Franck (FRA) - KTM 690


Fue interesante ver su equipamiento. La gente se sacaba fotos con la moto. Algún wevoncio incluso se subió, pero no pasó a mayores.



Poco a poco comenzaron a llegar más vehículos. Algunos seguían de largo. Habrán comido ya o se habrán estado aguantando el hambre.



Incluso se aparecieron unos vecinos.



Era interesante ver el estado variable en el que pasaban las motos. Algunos hechos una bola de tierra, otros a medias, otros impecables.

009 VILADOMS Jordi (ESP) - KTM 690 RALLYE


Algo nuevo para mi: los camiones de carrera. Al comienzo pensé que eran camiones de apoyo, pero no: son camiones de competición hechos y derechos.



Ven las barras de refuerzo en la cabina?



Al fin y al cabo mucha de la superficie externa de estos vehículos no es más que un cascarón desechable de fibra de vidrio.



Pero ciertamente no en el caso de las motos.

101 JUNCO ANDRES Aurelio (ARG) - KTM 690 RALLY


Éste tuvo un problemita.



Otro con un problemita.

125 KOOLEN Kees (NLD) - HONDA CRF 450 tirando de 138 VAN DER LAAN Johan (NLD) - HUSQVARNA TE 450.


De la Copec pasé a un peaje. Supuse que sería una buena oportunidad para tomarles algunas fotos con la luz del atardecer, sin que estuvieran ni detenidos ni pasando a 120 km/h.

127 MAION Mauro (FRA) - BETA


Sólo puedo imaginar el cansancio.



Unos metros más allá del peaje estaba un camión HAZMAT del primer cuerpo de Bomberos de Llay Llay, dándoles una lavada de cortesía y bienvenida.






227 BRAAT John (NLD) - KTM 690 RALLYE


Algunos se detenían, algunos seguían de largo.






Había una buena cantidad de gente que se había detenido a mirar, como yo.

171 MAS Thierry (USA) - KTM 525 XCW


Y con eso llegamos a esta notable foto. Pilotos de una carrera a nivel mundial obligados a pagar peaje, hurgueteando en sus bolsillos, las manos tiesas por el cansancio, las monedas cayéndose, la falta de moneda local, la incomprensión a veces total del español, o en casos mejores, del acento chileno. A los gerentes y administradores de la autopista, a ustedes les digo: weeeena compadres. Qué espectacular muestra de provincialismo y falta de creatividad.

178 SCHIANO Eric (FRA) - SHERCO 250, 154 PENNARUN Philippe (FRA) - YAMAHA 450 WRE, 052 BONNET Pierrick (FRA) - KTM 660.


052 BONNET Pierrick (FRA) - KTM 660


Poco a poco fueron pasando.



178 SCHIANO Eric (FRA) - SHERCO 250


Uno que otro haciendo un wheelie para los niños.



No faltó el típico quiltro chileno, presente en todo acto público.









Qué solape más extraño. Un hombre viajando a su casa, esperando el bus intercomunal como todos los días, y una quad del Dakar.



267 CARLINI Eric (FRA) - POLARIS OUTLAW 525


La luz se iba, la espera entre cada moto se hacía más y más grande.



Qué les parece, eh? Porque verás como reciben en Chile al amigo cuando es forastero.

213 IRVINE Sunny (MEX) - YAMAHA WR 450, 230 SLAPSYS Mindaugas (LTU) - KTM 690 RALLY


Y finalmente, lo más raro de toda la tarde. Tres motos impecables, tres pilotos impecables, tres apellidos idénticos.

160 DOMET Arnaud (FRA) - YAMAHA 450 WRF, 161 DOMET Bertrand (FRA) -YAMAHA 450 WRF, 162 DOMET Philippe (FRA) - YAMAHA WRF 450


Buscaban dinero. No hablaban castellano. Alcancé a escuchar un vas-y, vas- y, equivalente al dale, dale que tantas veces nos hemos dicho entre Rodrigo, Chico y los demás cuando uno paga y el otro tiene que pasar para activar el sensor de la barrera.



Esperé un buen rato más, pero la luz se había ido y había que seguir con el paseo.

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Thursday, April 16, 2009

De Valparaíso a Ritoque

Durante las tres cortas semanas que estuve en Chile en el último viaje logré hacer una escapada a Valparaíso. Este paseo fue distinto al resto, sin embargo: no fui en la moto, sino que en el auto.



La falta de contraste de colores por la bruma suave fue compensada por la geometría Escheriana que tanto caracteriza los cerros del puerto.



A Valparaíso nunca lo conocí bien. Durante mis seis años en la quinta región, nuestras visitas se limitaron principalmente a incursiones relámpago para comprar pinturas de esmalte para mis aviones Airfix, llevar amigos de la familia que venían a turistear y visitar buques de la Armada a modo de paseos de curso. Sí: una consecuencia de asistir a un colegio saturado de hijos de oficiales de la Armada es que casi el 100% de tus paseos de curso son a buques. Las únicas excepciones que recuerdo fueron una visita a la fábrica Pax, marca de materiales artísticos para escolares y al planetario, ambos en Santiago.






Cientos y cientos de turistas pisando tierra firme por primera vez en varios días, viendo de cerca el puerto.



La bruma me tenía las pelotas por el piso. Todas las fotos con bajo contraste, poca saturación, luz uniforme. Si la vida te da limones, como dicen, haz pisco sour. Así que busqué recrear el efecto de una foto vieja, de esas donde sales pequeño, o de cuando no existías todavía, desgastada por el tiempo, con algunas manchas de moho.



Y sí, me gustó el efecto. Hay poco en qué basarse para decretar que estamos viendo un Valparaíso moderno (al ser observadores no expertos, claro).



Bajando...



Al pie del ascensor se encuentra esta notable estatua, frente a la Corte de Apelaciones de Valparaíso. No encontré una versión definitiva sobre su origen, así que no reproduciré las varias versiones que alcancé a leer. Invente la suya!



Usted otra vez? habrá dicho la cara del operador del ascensor. Y sí, estaba en su derecho, ya que hacía menos de un minuto que había abandonado el recinto. La estatua fue mi único destino al salir a la calle y, una vez visitada, volví a subir.







A pesar de no tener mucho con qué comparar el Valparaíso turístico de hoy en día, sentí que estaba cambiado, que habían surgido nuevas corrientes culturales en la última década que distaban mucho del Valpo de Lucas, de los ascensores, del Café Turri. Era el movimiento de la gente joven y creativa, esa que renueva y transforma barrios viejos. Los stencil, las pequeñas tiendas de diseñadores independientes, los cafés y boliches con un enfoque distinto. El único punto de comparación que tengo es el de Palermo Viejo, en Buenos Aires.



Por si no alcanzan a leer, lo que el tipo está levantando es una caja de Postinor, un contraceptivo de emergencia. Alude a la controversia generada por sectores conservadores de la sociedad chilena que buscan su prohibición. Sí señor: hay de todo en Chile.



Esta pareja me encantó.



Entre el graffitti weón, los garabatos de gente que no contribuye, emergían a veces obras como la anterior. Tendremos algún día al Banksy chileno? Quizás ya nació. Quizás ya está pintando. Crucen los dedos.



Hace muchos años pasé una noche en una casa de Valparaíso. Fue una noche extraña, amarga, un augurio de cosas malas que vendrían a futuro y al que no le hice caso, pagando caro. Mientras caminaba calle arriba, calle abajo, me preguntaba si me toparía con la casa, por casualidad. Me preguntaba si acaso podría reconocerla. Pienso que no: de aquella noche quedan recuerdos de algunas partes del interior de la casa, los techos altos, los múltiples pisos, su ubicación precaria sobre la quebrada, la gran puerta de la entrada. Recuerdo también una placita, y un balcón sobre la plaza desde donde habían colgado un trapecio. Más, ni idea.



Quizás mejor así; dejar que ese día del 2001 muera tranquilito.



Les aseguro que no le hice nada a la siguiente foto. El aire de tarjeta Hallmark ciertamente no fue intencional.



El dique "Valparaiso III", de Sociber. Viviendo en la costa de la Quinta Región, hay palabras que entran al subconsciente por repetición sutil. El nombre de esta empresa seguramente es una de ellas.




Allá, los buques de la Armada. Cuál habrá sido la torpedera en la que nos pasearon frente a las playas de Reñaca? Ni idea.



La verdad, no era muy buen día para tomar fotos de los multicolores cerros.



Esta foto, balanceado sobre una angosta vara horizontal.



Para ubicarme en las estrechas y retorcidas calles de los cerros había llevado el GPS. Unos meses atrás, le había puesto el mapa Chile Streets. Esperaba que tuviera ciertos errores, pero no esperé que me indicara que me tirara cerro abajo por unas escaleras. En la XR, con miedito, pero te lo hago, como los Carabineros. En el Hyundai, no gracias. Ésta no era la bajada, dicho sea de paso.



De Valpo a Viña, a la Av. Perú.



El Marga-Marga. (click).






Y de Viña a Reñaca. Al final de Vicuña Mackenna, pasado el Club Español, por una calle cuyo nombre no recuerdo, al fondo, al final y bajo un gigante árbol de musculosas ramas sustentando un techo acuencado de hojas frondosas, ahí paraba alguna vez un hombre y sus caballos. Los arrendaba por hora. Eran caballos por lo general mansos, hermosos, bien cuidados, no como los pobres zánganos de las playas de la Quinta Región, sudados todos y tirados como por un elástico invisible hacia el origen de los paseos. No; éstos eran otra cosa. Y con mi papá íbamos de paseo a los bosques de pinos, pisando la arena polvorienta, a veces jugando a las escondidas, a veces galopando, haciendo carreras. Ahí fue donde se soltó la cincha y me fui a tierra en pleno galope. Le iba ganando a mi papá, según recuerdo. Por suerte caí sobre la arena de la huella. Y me volví a montar, después de que el caballo quedara con ojos saltones por la cincha re-apretada. Fueron buenos paseos.



Y luego a Reñaca. Para los chicos, tengo un consejo. Si quieren mirar chicas bonitas, no vayan a podrirse al sol todo el día. Vayan tipo 6, 7 pm, cuando la gente comienza a irse. Tomen asiento en uno de los banquitos del malecón y disfruten.



Por la calle principal estaban los flippers, donde iba a comprar fichas primero a 30 pesos y luego a 50 y ahora no sé a cuánto estarán. Y por ahí al ladito, el Luquillo, un almacén con un poco de todo, donde mi mamá me compraba a veces un Loly Pop, helado de doble palo. Qué lujo.



De Reñaca a Con Con, por una empanada de jaiba con parmesano, antes pasando por el Club de Yates Higuerillas, donde aprendí a navegar en Optimist.



Hago la diferencia entre saber navegar, y navegar Optimist. Los conocen? Imaginen una tina de fibra de vidrio, sin desagüe y con mástil. Eso es un Optimist. Hasta el nombre delata su diseño precario. Ustedes se subirían a un avión modelo Optimista? Pues ahí navegaba, en los fríos días de invierno marino, las manos pegajosas y heladas, el asiento de los jeans inevitablemente mojado. El paso final del curso era zozobrar manualmente el botecito, parándose en el borde y tirando del mástil. Nadie quería. Hacía frío, nadie quería empaparse. Creo recordar que fui el primero en ofrecerse. Ahí, entre los yates atracados, el agua oscura y la leve brisa, tiré del mástil del Optimist, llevándolo hasta el agua. Recordé los cabos y amarras de los flotadores, de los yates, recordé cómo éstos se cubren de algas, aumentando su volumen, pareciendo enormes tentáculos peludos. La brisa llevó al Optimist todavía volcado entre dos yates. El cielo se había reducido a una angosta franja sobre mi cabeza. El resto era agua negra, paredes blancas y curvas, horrores bajo la superficie.

Eventualmente logré tirar el Optimist hacia lo abierto, y lo enderecé. No es una experiencia que quiera repetir.



El sol estaba bajo en el cielo. Quería ubicarme en la playa para el atardecer.



A Ritoque pues. Ahí aprendí a dirigir cometas de doble mando, también con mi papá. Más que hacer piruetas de círculos, cuadrados y demases, prefería volar de lado a lado, a ras de suelo, dejando una raya en la arena con la punta del ala. Sin chocar, claro. Y si tenías mucho cuidado y llevabas la cometa hacia un lado, cosa que casi estuviera de frente al viento, era posible hacerla aterrizar de manera vertical, cosa de que un buen tirón la hiciera despegar otra vez.






La Refinería de Petróleo de Con Con. Lástima que no la vi de noche.



Y lástima que todo ahora tenga que venir en bocados pequeños, minúsculos. Trocitos de lo que uno recuerda.



El sol ya se ponía. Paciencia.



Ahí está.

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