Friday, December 02, 2005

Las Trancas 05

La idea me había estado dando vueltas por un buen tiempo. La extensión del viaje ciertamente daba qué pensar; era la primera vez que intentaba un viaje así, de casi 500 km.





Pues es cosa de armar la moto y partir. El viaje de ida me tomó 8 horas y media, o por ahí. Anduve entre 85 y 95 km/h, para qué ir a más. No quería estresar el motor, ni cansarme tampoco. El resultado fue un viaje relajado, sin ningún apuro, viendo como pasaba por paisaje tras paisaje, siendo parte del escenario, oliendo cada olor que había, sintiendo el viento y el sol en el cuerpo. Un viaje realmente adquiere dimensión cuando lo tomas así. En el auto, todo es plano, enmarcado; el cielo no está sobre tu cabeza, sino un trozo de lata. Tienes tu cubículo, los papeles del peaje, la radio, el equipaje, alguna lata de gaseosa, y la horrenda monotonía de las ventanas, el volante, el tablero. En una moto todo eso desaparece;




Y no hay nada sobre ti. Como dice el narrador de Zen and the Art of Motorcycle Maintenance, en una moto eres parte del paisaje.

Este lugar nunca deja de hacerme sonreír al pasar.



Crucé ríos y puentes, uno tras otro. Por una parte es grato ver el nombre del río y reconocerlo de tus clases de geografía del colegio, por otra es grato olvidarse del nombre, detenerse y sentir cómo el puente rebota violentamente con el pasar de los camiones.



Quién lo hubiera dicho: campos de arroz en el sur chileno.



Me encantaría ver el día de la siembra... usarán sombreros cónicos del sudeste asiático?






Y, a veces, cosas inexplicables; bosques artificiales en medio de la nada, con una perfección y regularidad calmantes.



Habiendo doblado ya hacia la cordillera de los Andes, noté las nubes, los nubarrones que tapaban el valle hacia el cual me dirigía.



Si creen que 'Peor es Nada' es un nombre extraño, claramente no han viajado a Las Trancas.



Poco a poco las cumbres fueron perdiendo su manto verde.



Y una vez adentrado en el valle, se veían las montañas de verdad, las que rodean las Termas de Chillán.



Y por sobre las cabañas, la cascada. Los días de viento y lluvia (de los cuales hubo tres), la cascada caía en diagonal, perdiéndose el hilo blanco vertical, deshilachándose como una pluma maltratada.



Algunos días el clima y las charlas permitían escapes breves.



Una mañana, bien temprano, luego de una noche de lluvia, me levanté, me duché y abrí la puerta de la cabaña, dispuesto a caminar las decenas de metros hacia la casona principal. Y me encontré con esto.



Estábamos cerca de un volcán, y donde hay volcanes, hay escoriales. Tomé la ruta a Shangri-La, un valle perdido como los demás Shangri-La en este mundo. Para llegar, había que cruzar un bosque, usando un camino en muy mal estado, y luego subir por el escorial.









Al final, una gran casa, claramente abandonada. Sus ventanas, negros boquerones. El acceso estaba cortado por un riachuelo y una subida de arena volcánica, que logré subir con dificultad, la rueda trasera patinando como si fuera barco de vapor en el Mississippi.



Y resultó no ser casa, sino un refugio de la rama de Andinismo de la Universidad de Concepción, como me lo explicó un hiker que tomaba un descanso luego de bajar de la cordillera.

















Intenté seguir un poco más allá, pero ya no había camino, y me sentía reacio a perturbar la tranquilidad del bosque.



Me devolví hacia el río, navegando en la arena.



Un llao llao!



El bosque está regado de madera caída, blanqueada por el sol, la lluvia, el tiempo.



Al día siguiente, decidí volver a la casacada, como lo hice el año pasado, pero a pie. Dejé la moto lo más cerca posible a la base, en medio del bosque, y partí. La subida es fácil, si se toma con cuidado.



Y llegué! Arcoiris y todo.



La vista desde arriba era impresionante.






El agua potable para el valle se tomaba de la cascada, ya sea de su base o de su parte superior, y luego era enviada mediante estos tubos a su destino.



De vuelta, pasé por un campo. Yo ya había estado aquí hace un año, sin moto, en la misma conferencia. En ese tiempo, mandaba mensaje tras mensaje a una cierta chica, y recibía sus respuestas astutas y coquetas. Venía feliz, brincaba por aquí y por allá, mientras los demás caminaban en un grupo disperso. Veníamos de ver la cascada; en el campo se encontraban los mismos caballos. Un poco antes de salir hacia el terreno abierto, sin embargo, ocurrió algo bastante extraño. Mis brincos me llevaban de tronco en tronco, montículo en montículo. Tenía resortes en los pies, ligereza del alma. Corría, trotaba, y de pronto, sin saber por qué, me detuve en seco. No entendía, por qué me había detenido? Ah, por esto... Alargué una mano, y toqué el alambrado oxidado, como para confirmar su realidad. Oscuro por la herrumbre, en la poca luz que restaba del día, bajo los árboles, era casi invisible. Estaba tendido a la altura de mi cuello.



Esos días, los de la conferencia, fueron buenos tiempos. Aprendía, estudiaba, luchaba contra el sueño, intentaba entender las charlas. Y a la noche, en el pequeño restorán contenido en un vagón de tren al lado del camino (con la noble leyenda "Casi todo mi dinero lo gasté en mujeres y alcohol; el resto lo desperdicié" enmarcada en la pared) tomábamos buen vino, abundante buen vino, comíamos comida casera, engordábamos felizmente. En la otra mesa, la mesa larga, los profes conversaban y bromeaban con caras sonrojadas.



La vuelta la tomé más rápida que la ida, y en el camino encontré varias cosas interesantes.

El camino de ida, visto al atardecer, ahora se veía completamente distinto.






En Chillán vi algo que ameritaba una detención completa y absoluta. Este camión ha quedado grabado en mi conciencia; mi rodar por los caminos de Chile siempre es, en pequeña parte, una búsqueda de un segundo encuentro con este vehículo sublime.





Ah, notable.

Y también, en el camino, una vista que no podría contrastar más con lo que vi en el valle de Las Trancas.



Al fondo de las vías apenas se distinguen dos figuras, caminando.



También pasé por un punto que dejó una gran impresión en mi. No sé por qué: todo viaje que he hecho al sur me lleva por este punto, y es como una especie de punto de transición: o he dejado atrás lo conocido, o voy volviendo a casa. Es extraño.



Finalmente, luego de 7 horas, estaba de vuelta en casa. Un viaje inolvidable, no?




Actualizado con fotos inéditas y de mayor tamaño, 07/04/08.

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3 Comments:

Blogger Alex said...

Good pics old bean. I miss the landscape of the RM...

12:59 AM  
Anonymous Maya said...

Un viaje exquisito!!
Paisajes de ensueño y muy particulares.
Quizas deba alejarme yo también de esta selva de cemento, ya que me tiene aburridísima.

Por lo menos se que estás bién y disfrutando en parte tus días.

Saludos
*.*.*Maya*.*.*

1:10 PM  
Anonymous Anonymous said...

YO VI LAS HUELLAS DE LA MOTO EN SHANGRILÁ ALGÚN AVENTURERO CON GRAN CORAZÓN DE DISRFRUTAR COMPARTIÓ ESTE LUGAR.

11:05 PM  

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