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durandal

Wednesday, March 21, 2007

Carretera Austral Parte 14: Epílogo



Post-viaje: La compañía de Tom y Christina, y Will y James.

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Unos días después de volver a Santiago recibí un mensaje de Karl Heinz, un amigo de Buenos Aires. Me dijo que Tom y Christina, quienes conocí en una estación de servicio en Coyhaique, estaban en Santiago, buscando alojamiento. Entramos los cuatro a un chat, y conversamos un rato.

Se estaban alojando en Las Condes, un lugar en el camino a Farellones, antes de la subida. Posada del Inglés, algo así. Les dije que nos juntáramos a tomar una cerveza, y quedamos en el día siguiente.

Confieso que se me olvidó por completo, y cuando llegaron, con las motos completamente cargadas, yo iba camino a pasear.

No tenían muy claro dónde se quedarían, y se estaba haciendo tarde, así que se quedaron en mi casa, en el piso del living.

Al día siguiente, el plan era llevar una de las Africa a que cambiaran el neumático trasero, y que le revisaran los rodamientos de la dirección, ya que hace rato que Tom sentía una leve oscilación al doblar sobre asfalto.

Pusieron la moto sobre la pata central, y tiró de las telescópicas. Mira, se mueve, dijo, mientras se escuchaba un crujido/chirrido con cada tirón.

Me pareció extraño. Los rodamientos no deberían hacer ese ruido. Me agaché para ver de dónde provenía, y me encontré con esto.



Glup. Eso es algo que ningún motociclista quiere ver: el marco estaba partido de lado a lado, justo entre los paneles del radiador.

La moto es del 96, y Tom la compró chocada. A partir de ahí la armó, y no había tenido problemas serios hasta el momento. En la foto se ve un abollón producto del choque: claramente el marco había quedado con tensiones.

Llamé a DíasDePlaya, y me recomendó llevarla a Bimota, y eso hicimos.

Creo que fue ese día que me llamó Camilo, para contarme que los ingleses, Will y James, habían llegado a Santiago el día anterior. Tom y Christina decidieron alojarse donde ellos, en la Casa Condell, en Providencia, un lugar excelente.



En los días siguientes hicimos de todo. Un día subimos a Valle Nevado con Will y James.



Otro día fuimos al Cerro San Cristóbal.



Nadie me dijo que Will sufría de vértigo.



Tomé una foto tan estándar, pero tan repetida de la virgen, que decidí alterarla un poco antes de publicarla.



Otro día fuimos a Leyda, a ver las carreras, y a ver cómo corría el maestro, KarlitosGP, quien ganó en su categoría.



Después, a la casa de la familia de Cristi, esposa de Camilo, en Santo Domingo.



Otro día se vinieron a casa, junto con Andrés, para hacer distintos trabajos de mantenimiento (aceite, cadena, ese tipo de cosas).



Antes de partir, los teníamos que llevar a un café con piernas, y más tarde, los llevamos al Punta Chana en General Holley. Pintoresco, eso es todo lo que diré al respecto.

Por mucho que querían quedarse, debieron seguir su camino, James ahora feliz con unos panniers Touratech nuevos y relucientes.





La moto de Tom seguía en el taller, así que aprovecharon de hacer una mantención a la de Christina: aceite, catalina, piñón, cadena, ajuste de válvulas.



En eso llegó camilo, quien había ido a buscar la scooter que su octogenaria abuela había ganado en un concurso de SalcoBrand. Marca: X-Peed.



Es un quilombo llegar a las válvulas de la Africa.



Al día siguiente, llamé a Bimota. Encontraron que el marco no estaba sólo quebrado en un lugar, sino en dos más. Además, la piola del embrague estaba con sólo tres hilos y los rodamientos de la rueda trasera tuvieron que ser reemplazados. Estas son las fotos del arreglo que me enviaron.





La última noche, me invitaron a comer al Salaam Bombay, y estuvo increíble. Gracias a Tom, Christina, Will y James por una extensión genial al viaje.

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Tuesday, March 20, 2007

Carretera Austral Parte 13: Volcán Osorno, Valdivia y La Vuelta A Casa



Días 21-22: Lago Llanquihue, Volcán Osorno, Petrohue, Valdivia y la vuelta a Santiago.
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Camilo y yo habíamos acordado separarnos esa mañana, para que él pudiera aprovechar su velocidad mayor en la carretera, y por si quería detenerse a pescar un rato. Nos despedimos, y recorrí los 20 metros hasta la YPF a la entrada de Puerto Varas. Fui al Redbanc a sacar dinero.

> 20000 <

Lamentablemente no es posible entregarle el monto solicitado. Vuelva a intentar de nuevo con otro monto.

> 10000 <

Lamentablemente no es posible entregarle el monto solicitado. Vuelva a intentar de nuevo con otro monto.

> 5000 <
Lamentablemente no es posible entregarle el monto solicitado. Vuelva a intentar de nuevo con otro monto.

> Consulta de Saldo <

Su saldo total es de: 287 pesos.

Well, fuck.

Hola, Camilo? Saliste ya? Erm... tú podrías prestarme un poco de dinero?

Con eso, nuestra separación se postergó.

Era un día hermoso, y me sorprendió la cantidad de lugares para entretenerse y comer al costado del camino que bordea el lago Llanquihue.



Decidí subir al Volcán Osorno, y Camilo siguió hasta los Saltos del Petrohué.



A la subida, un bosque , y después nada más que arena volcánica y corridas de lava. Desde el centro de ski miré la vista unos segundos, y bajé nuevamente.



Habré recorrido un par de km hacia los Saltos del Petrohué, cuando me topé con Camilo, que venía de frente. Qué tal es?, le pregunté. Hm, nada espectacular. Un par de fotos lindas, sería todo.

Lo pensé: dejaría de lado los famosos Saltos del Petrohué, con formaciones de lava que canalizan el agua en formas hermosas e interesantes? Cometería el sacrilegio de dejar algo sin visitar?

Pico en el ojo, como dice Camilo. Si la vista desde el volcán no me provocó nada, menos lo haría otra cascada más. Mejor dejarlo para otro día.



Así que se aplazó aún más nuestra separación. Seguimos dando la vuelta al lago Llanquihue, extrañamente otra vez rodando juntos sobre un camino de tierra, pero éste sí que sería el último tramo de tierra en todo el viaje.



Aquí, Camilo hace una danza interpretativa titulada "Soy el volcán. Soy el volcán!"



Pasamos a Osorno a cargar combustible. Hace rato que tenía puestos los tapones de oídos para el ruido, algo que me fue completamente indispensable para los tramos de asfalto en la moto. Bien, bien adentro, de tal manera que a 100 km/h, el ruido obsceno de la XR no es más que un ronroneo, y tu respiración es lo que domina el espectro auditivo. Así, aislado, como astronauta casi, entraba en un estado semi-desconectado. Alerta y atento, pero con una sensación de irrealidad. La primera vez que usé los tapones, a la ida, el efecto persistió aún cuando paramos a comer algo en una YPF. Incluso Camilo me preguntó si algo me pasaba, era tal mi mirada hacia la distancia.

En este estado entramos a Osorno, y el cargar combustible fue algo mecánico, algo que se hace con impaciencia por volver a avanzar. Y quizás era ese el cambio que había ocurrido: habíamos entrado, sin saberlo, en la modalidad del regreso, de la autopista, de cubrir cientos de kilómetros en el menor tiempo posible. Me pregunté si había sido una transición reversible. Todo indicaba que no.

Decidimos parar en Valdivia, por último para conocer. Mientras esperábamos en la cola de espera para un banderero eterno, concordamos que todos decían que Valdivia es una de las ciudades más lindas de Chile. Será pues.







Aburrimiento.



Finalmente avanzamos, y llegamos a Valdivia, entrando por un largo camino, similar a Irarrázabal en Santiago, pero más ancho. Seguramente lo lindo estaría más adelante.

El alter ego de Irarrázabal continuó eternamente, hasta que llegamos a la costanera. Ah, sí. Río, barcos atracados, uno que otro puente, un malecón, bien. Paramos al final de la costanera, y Camilo, sin poder aguantar un minuto más, fue a orinar detrás de un edificio de aspecto moderno. Volvió con cara de no-alivio. "Creo que no sería buena idea mear el edificio de tribunales" dijo, mientras se dirigía en busca de un baño.



De ahí en adelante, dimos varias vueltas grandes, nos perdimos, y finalmente nos alojamos en el Hostal Prat, a 11000 por cabeza la noche, por cansancio y por no tener ganas de alojar en un sector como el de Puerto Varas, de la noche anterior. Por lo menos era con desayuno, y había un lugar seguro para dejar las motos.

Salimos a buscar algo de comer. Algo nihilista se apoderó de nosotros, y como si fuera por re-afirmar la diferencia entre el gran sur y esta ciudad, comimos en el McDonalds.

Era viernes. Veamos si podemos terminar el viaje con alguna actividad citadina interesante, me dije, dado que era claro ya que habíamos pasado un punto de inflexión en el viaje, algo que sucedió quizás al llegar a Quellón.

Salimos a buscar algo qué hacer. Nos perdimos varias veces. Nuestras vueltas nos llevaron por sectores que recordaban Viña del Mar, pero las zonas anónimas al este de Av. Libertad, algunas partes cercanas al Barrio Brazil, algunas áreas aledañas justamente a Irarrázabal. La ciudad más linda de Chile? Las pelotas que es la ciudad más linda de Chile.

Le preguntamos a una pareja si había un sector con lugares para ir a entretenerse, dado que habíamos encontrado uno, pero al detenernos al frente, se había aproximado un personaje poco agradable, quien nos dijo sh' uté tienen que ir pal otro local, queda a unas cuadras, yo cuido autos allá, yo les cuido las motitos, tienen que puro ir. Eso había eliminado de plano a ambos lugares.

Nos indicaron una calle, y para llegar, nos perdimos de nuevo, y vimos más de Valdivia de noche. Resultó ser algo así como una mini calle Suecia, con varios locales a lo largo. Dejamos las motos temporalmente en la vereda, Camilo con el equipaje completo todavía sobre la moto, por no querer tener que re-empacar al día siguiente, y dimos unas vueltas para mirar. Nada nos atraía de sobremanera.

En eso, pasaron los Carabineros, quienes dijeron simplemente que las motos ahí serían robadas, y que, además, estaban mal estacionadas.

Decidimos volver para dejarlas en el Hostal. Eso hicimos, y nos fuimos caminando de vuelta.

Cuento corto, entramos a un lugar, y estaba lleno de chicos y chicas de 18, 19. "Hay olor a leche", dijo Camilo. Dado que parecíamos padres que habían venido a buscar a sus hijos, hicimos lo único que se podía hacer, y bebimos.

Saturados, nos largamos, y encontramos una billetera sin dinero en la acera. Preguntamos por la comisaría más cercana, dado que tenía los documentos todavía en su interior. Con una trayectoria levemente oscilante llegamos, y aguantando la respiración, hicimos entrega de la billetera.

La vuelta al hostal fue larga, porque nos perdimos de nuevo.

Al día siguiente Camilo fue a Niebla, por recorrer, y por ver si encontraba algún río de dónde pescar. Yo me encaminé directamente hacia el norte. Tenía claro que el encanto del viaje se había acabado, y ahora no quedaba más que volver a casa.

No recuerdo en qué momento fue, pero en algún punto decidí llegar ese mismo día a Santiago.



Los 843 km que recorrí ese día transcurrieron sin eventos de mayor interés, salvo que me topé con Camilo en una estación de servicio; que calculé mal, y tuve que entrar a un hoyo de pueblo llamado Mulchen a conseguir bencina, donde un tipo me pidió dinero por haberme dicho cómo encontrar la Copec del pueblo; que me tomé un mote con huesillos donde "El Rey del Mote Con Huesillos", el cual estaba levemente ácido y me revolvió el estómago.

Llegué pasada la medianoche, con la cabeza zumbando, y con esa sensación de lo irreal, no sólo por los tapones de oídos, sino por todo lo visto y vivido. Estaba realmente en Santiago? Se acabó el viaje?

* * *

Despierto. Abro los ojos. Aire fresco entra por la ventana. Sol! Entra sol al cuarto. Eso significa que hoy será un buen día para andar. Habrán buenas fotos. Pero dónde estoy? Este es mi cuarto. Estoy en mi cuarto.

Se terminó el viaje.


Fin.

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Carretera Austral Parte 12: Quellón - Puerto Varas



Día 20: Transbordador hasta Quellón, recorrido hasta Puerto Varas.

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Nos levantamos temprano para tomar el transbordador a Quellón, el que habíamos decidido reservar con anticipación por internet, luego del casi-fiasco en Hornopirén.

La rampa de embarcación nos tenía una sorpresa: la mayor cantidad de motos que vimos juntas en todo el viaje. La mia, la de Camilo, una pareja de americanos de California (con stickers de Tool y Ministry en los panniers), un personaje en una CRF-450 (más sobre él después), y un grupo chileno de dos Transalp, una Varadero y una BMW.



Por suerte no llovía. Mirando desde la popa, me despedí de Chaitén, y el gran sur chileno.



Abordo conversamos un poco con distintas personas. El de la CRF era un americano, bioquímico, al parecer en vías de hacer su segundo postdoc. Hablaba en perfecto argentino, gracias, según nos dijo, a los 5 años que vivió en Bariloche con su novia, más el tiempo que ella pasó en los US. Nos contó que había dejado atrás un trabajo de investigación en el laboratorio bastante bueno, y no sabía si quería volver.

Nos mostró su máquina. Con un amigo de la Universidad de Texas, habían fabricado un estanque de 22 litros, siendo que la de fábrica de la CRF, según él, rondaba los 5. Además, había comprado un foco gigantesco, el que había montado en un armazón también fabricado por él. Me contó acerca de las largas horas que pasaba en el laboratorio, mirando y mirando páginas de accesorios y mejoras para la moto. Estuvo así un año: comprando cosas, instalándolas, comprando más cosas.

No tengo muy claro qué recorrido estaba haciendo, pero sí estaba haciéndolo rápido, y en tramos enormes. Su equipaje? Una mochila mediana. Sin parrilla, sin alforjas, nada. Había dejado casi todo, incluyendo sus herramientas, con un conocido en Puerto Montt.

A los 5 minutos de zarpar, lo escuché putear y reputear. Pensó que le habían vendido un boleto a Puerto Montt, no a Quellón. Se quería cortar un huevo. Quería llegar a Puerto Montt, para eventualmente llegar a Osorno, a Moto Aventura. Tenía un problema con la rueda trasera. Había escuchado que eran el mejor y más completo taller del sur, y estaba seguro de requerir sus servicios.

Le pedí que me mostrara la rueda. Me dijo que tenía un juego, que era bastante notorio sobre asfalto. Y serán los rodamientos, quizás, comentó. Le indiqué que la levantara sobre la pata. Cómo, que la levante?! respondió, con cara de dejáte de joder. No, no: así. Y le mostré como usar la rueda delantera, frenada, y la pata de apoyo, para poder levantar la rueda trasera del suelo.

Efectivamente, la rueda trasera tenía un juego horrible, de un cm a la altura del aro. Noté que al moverse, los rayos entraban y salían de la masa central. Un caballero que estaba presenciando esto dijo: son los rayos, simplemente se te soltaron los rayos. Así que fue por una llave inglesa, y los ajustaron en 10 minutos.


En el trayecto conocí a una chica alemana, y estuvimos conversando en la sala de pasajeros, la que se encontraba en uno de los niveles más altos del transbordador, sentados en sillas tipo bus.

Por primera vez en mi vida, comencé a sentirme mareado por el vaivén del barco. Cerré los ojos, esperando que no pasara a mayores. Era casi imposible dormir, dado que el altoparlante usado seguramente para anuncios y demases, emitió durante todo el viaje un chirrido de la puta madre, un ruido horrendo, que se sobreponía al zumbido de los motores, y otro ruido insoportable de vibración de algún panel suelto. Cosas tan simples de solucionar, pero que se dejaban así, sin cambios. Tres puntos menos para la Naviera Austral, pierde un turno, vuelva al inicio.

El mareo no pasó a mayores, pero tuve que salir a cubierta, por aire fresco y para mirar el horizonte.

Llegamos a Quellón. Aquí, una foto de Julius en su CRF.




Un atochamiento de motos.



Un vistazo rápido antes de abandonar el muelle.





Fuimos a comer a una cocinería con Julius y Camilo. Nos contó que había intentado ingresar dos pistolas junto con la moto, en el container, pero que no se lo permitieron, y que se sentía desnudo sin ellas. Uno nunca sabe, le comentó a Camilo. Hay que tener alguna ventaja, uno nunca sabe.

Nos despedimos, y decidimos bajar al sur unos 5 km, hasta el término de la Ruta 5.



Y el resto de las fotos de Chiloé? Qué pasó?

Pues simplemente que no paramos en casi ningún lugar. Después de la desolación y la majestuosidad de los paisajes del gran sur, los cerros de montaña rusa y las casitas de Chiloé no encajaban con nuestro estado mental. Paramos en Castro, pero la plaza estaba siendo remodelada, por lo que no había un buen ángulo para sacarle una foto a la iglesia. Además, el tráfico, la gente, el ruido, y un estómago todavía revuelto me quitaron todas las ganas de detenerme a conocer. A modo de concesión, si quieren ver un viaje en moto por Chiloé, les dejo la página de Casi.

Llegamos a Chacao al atardecer, y nos dirigimos directamente a la cabeza de la enorme cola de vehículos. Esto funciona sorprendentemente bien: Los primeros vehículos no se quedarán abajo por tu presencia, luego no se enojan. Los de más atrás, están demasiado lejos como para decirte algo. Al embarcar, todos los que embarcaron están felices, y no te dirán nada, porque lograron embarcar. Los demás, que posiblemente están enojados contigo, se han quedado en la orilla. De todas maneras, nos colocaron en un espacio muerto, que no habría sido usado.

No vimos más que un par de toninas, a lo lejos. Sí uno o dos lobos de mar.





Fue extraño: zarpamos de una rampa, y atracamos en otra, unos 100 m al este, donde se subieron más vehículos.





Es impresionante ver el flujo constante de barcazas que cruzan el Canal de Chacao.



A lo lejos, algo que había esperado ver con anticipación: el cable (uno solo) que abastece de energía a la isla de Chiloé, según aprendí en el Turistel Sur, al esperar en el refugio de Puerto Yungay.



"Y si seguimos hasta Puerto Varas, en vez de parar en Puerto Montt otra vez?", le pregunté a Camilo. Y eso hicimos.



Llegamos bastante tarde, encontramos una residencial en una zona bastante fea. Esa noche, Camilo fue al casino, y yo me junté con una amiga.

Me sentía un poco incómodo. Me había acostumbrado a los pueblos minúsculos, a los cientos de km sin construcciones, o, en su defecto, a ciudades donde el entorno es como para no creerlo. Pero bueno, había que volver, y todavía quedaba la zona de los lagos más al norte. Quizás volvería a sentirme a gusto en estos entornos, y quizás me quedaría a acampar en alguna parte.

Siguiente Capítulo: Volcán Osorno, Valdivia, y la vuelta a casa.

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Monday, March 19, 2007

Carretera Austral Parte 11: La Aventura De Camilo



Días 14-15-16: El viaje de Camilo a Chile Chico y Perito Moreno con Tom, la vuelta hacia Puerto Ingeniero Ibáñez.

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Antes de dejar atrás el gran sur continental, hay una historia que queda por contar: las aventuras de Camilo y Tom mientras yo viajaba hacia Villa O'Higgins.

Los dejo con la narración de Camilo.

* * *

El tramo hasta Chile Chico efectivamente fue, como nos habían dicho, uno de los caminos más entretenidos y preciosos de la zona.





Le pregunté a Tom si acaso tenía suficiente bencina para llegar a Chile Chico. "Claro, son 110 km". Lo miré. "Tom, son como 170 km".



Paramos en Puerto Guadal para encontrar una manguera y una botella, para que le traspasara bencina a la KLR. Me di cuenta que él no conocía otro método para iniciar el sifón de la bencina sino con succión humana. Me comentó que detestaba hacerlo, porque siempre tragaba un poco. Le dije que como era su moto, le tocaba a él hacerlo. La segunda vez que se atoró le dije que había otra forma, y procedí a hacer de fuelle succionador con la botella en el extremo de la manguera. Después de los 25 minutos que estuvimos traspasando los 4.5 lt que requería la moto, seguimos hacia la plaza, donde vimos un letrero de una ESSO que se había instalado recientemente. Sin comentarios.



En el camino nos encontramos con dos ingleses, Will y Norm.



Paramos a tomar una foto, con un viento increíble. "Tom, se te va a caer la moto con el viento", le dije. "No, está bien" dijo él.





Llegamos a Chile Chico, y encontramos un lugar para pasar la noche. El microclima de la zona es fantástico: un día soleado, y la temperatura era de como 24 ºC, así que nos pusimos shorts, poleras y chalas. Apenas salimos y habíamos avanzado algunos metros, se puso horrible el día e incluso cayeron algunas gotas. El resto del día lo pasaríamos congelados, pero con shorts y la frente en alto.



Comimos unas empanadas en un lugar que se abría por donde decía salida (fue muy chistoso ver a la gente chocar con la puerta constantemente), y luego encontramos el PEOR lugar de internet del mundo (la tipa no sabía nada), ningún dispositivo se conectaba con nada y era caro, así que fuimos a otro. Increíblemente, era aún peor. Ahí Tom estuvo unas 3 horas tratando de ver su mail, mientras me pasaba todas sus fotos a un archivo Zip (el cual finalmente se corrompió).

Una cosa increíble de Chile Chico es que en la avenida principal tocan, por un sistema de altoparlantes, baladas romanticonas TODO el día. Tom no podía creerlo.

Más tarde volvimos a la residencial, para darnos cuenta que había una camioneta donde antes había estado mi moto. Le pregunté al dueño y me dijo que no la había movido. Nota del editor: Vivan las negaciones ridículamente descaradas!

Al día siguiente, al estar cargando la moto, se cayó, sufriendo el mayor daño de todo el viaje: raspones en el top case y en las protecciones.

Después de pasar la aduana chilena sin problemas llegamos a la argentina. Cuando me pidieron los papeles, me dijeron "le falta el seguro". Se me había olvidado, así que le dije que tenía razón y que sólo estaba de paso, para volver a Chile el mismo día. Cuando me insistió que lo necesitaba le dije que lo compraría si me indicaba donde. "Chile Chico" fue la respuesta. "¿Ustedes exigen el seguro y no lo venden?". De vuelta a Chile Chico.

No quise volver a hacer el trámite en aduana chilena (entrar al país para volver a salir), así que pasé por policía internacional a unos 130 Km/h, compré el seguro en un supermercado (después de que me aseguraran que mi moto, por ser Suzuki, debía pagar como auto, "porque Suzuki es una marca de auto"... viva la ignorancia).


Cuando volví a la aduana me preguntaron si había sido yo el que unos minutos antes había pasado de vuelta a Chile. No quería más complicaciones así que les dije que era más fácil hacer el trámite una sola vez. Extrañamente, la persona se rió y no me dijo nada.





Unas empanadas y fotos en Los Antiguos, y seguimos hasta Perito Moreno por el camino pavimentado. Ahí compramos "lubricante especial para cadenas", una copia de WD40 que se llamaba W80. Era lo único que pudimos encontrar en el pueblo.

Tom buscó alojamiento (el camping municipal, que debe haber salido como $500) y después de cargar 21.97 lt en la V-Strom (estaba seca para cargar la mayor cantidad de bencina barata, a $278 el litro), me despedí de Tom.

Pregunté qué camino era mejor para llegar de vuelta a Chile. Me indicaron uno que pasaba por Río Mayo, pero vi uno más directo, por Portezuelo, y pregunté qué tal. Me dijeron que en general estaba bueno, y partí.

El camino atravesaba la pampa, pura y simple, con más viento que el que he sentido en todo el viaje. Algunos tramos permitían una velocidad de 100 km/h, otros menos.

Pronto llegué al inicio del tramo por donde había pasado ese día una niveladora, y fue el fin de la conducción tranquila y entretenida.

Paré para intentar tomar una foto, pero el viento me botó al estar casi detenido. Estuve 20 minutos tratando de parar la moto, hasta que pasó el primer auto que vi desde que partí. Volvían de Chile Chico a Coyhaique, y me ayudaron a parar la moto.

No había ninguna huella compacta en todo el camino, todo estaba suelto, y el viento hacía extremadamente difícil la conducción.

El paisaje era espectacular, pero con el sol de frente no se veía casi nada. Comenzó a hacerse tarde, y me preocupé de que cerraran la aduana Argentina, con lo que tendría que volver, de noche, por el mismo camino. En una curva en subida, donde había más piedras sueltas que lo común, aconsejable y racional, tuve mi segunda caída. Por suerte iba pasando el segundo y último auto que vería ese día, y me ayudó a pararla. Eso fue a las 21:00.

Llamé a mi casa, para ver si podían llamar a la aduana chilena y preguntar por la hora de cierre, pero no pudieron. Llegué a la aduana argentina y les dije que me llamaba la atención la poca cantidad de vehículos que pasan por ahí. Me dijeron, en un argentino inconfundible, "No, pasan bastantes, hay días en que pasan de 5 a 8 autos".

Partí nuevamente, bajo el supuesto que la aduana chilena estaba cerca.

En el décimo kilómetro del tramo titulado "Y dónde cresta está la aduana chilena?", tuve una caída fea en otra subida de piedra, dado que, al pasar la aduana argentina, todo estaba mucho más suelto y lleno de piedras.

Ya de noche, sabiendo que había sido el último en pasar por la aduana argentina, sin fuerzas ni para intentar parar la moto (había caído de la manera más problemática posible, con las ruedas cuesta arriba), comencé a sacar el chaleco reflectante y a abrigarme, porque comenzaba a hacer muchísimo frío.

Dispuse varias cosas alrededor de la moto, la cual yacía en la mitad de la vía, para que fuera más visible y para que no lo fuera a pisar algún animal, y comencé a planificar la puesta de la carpa. No había un sólo lugar donde ponerla, pero sabía que tenía que hacerlo.

Después de un descanso de 20 minutos, vi unas luces a lo lejos, desde el lado Chileno. Comencé a agitar las manos con el celular como linterna, para que me vieran antes de chocar con la moto. Eran los Carabineros; el último auto había comentado por casualidad que venía una moto detrás de ellos, y al pasar el tiempo sin señales de ésta, decidieron salir a investigar.

Querían subir la moto a la camioneta, pero al tomarle el peso al pararla, desistieron. Echamos todo el equipaje en la camioneta, y se fueron detrás mio, iluminando el camino. Por mientras, llamaron a la central para que tuvieran café, galletas y agua (estaba extremadamente cansado).

Cuando por fin llegamos, al cabo de 10 km de derrapes y casi caídas, tomé el café y descansé, habrán sido las 23:30. Todo estaba cerrado en la aduana, pero me dijeron que les dejara los papeles y ellos hacían el trámite de ingreso.

Me recomendaron no seguir hasta Coyhaique, y ofrecieron buscar una recidencial o alojamiento. Llamaron por teléfono a las residenciales, todas cerradas ya, hasta que dieron con una. Le indicaron a la dueña que venía un motociclista extremadamente cansado, así que al llegar, vi como correteaba a un huésped de una de las habitaciones en el primer piso, para que yo no tuviera que subir las escaleras! Esa noche me quedé viendo el festival; necesitaba desconectarme.

Estos son los Carabineros, y les estoy profundamente agradecido por su ayuda.



Al otro día, fue un muy sencillo viaje a Coyhaique, con bellos paisajes de Cerro Castillo (a la ida había sido algo oscuro y nublado y a la vuelta, con sol, era nada que ver).



En Coyhaique me encontré con los ingleses: mientras yo había salido a caminar, al segundo día, ellos se habían instalado en el mismo lugar donde estaba yo. Ahí vi el horrendo espectáculo de lo que implica cambiar la cadena (endless) de una BMW F650 GS.



Comentario aparte merece la preparación (quizás en exceso) de Will y Norm: andaban en sus motos con 2 llaves de torque y un cubre pisos para hacer labores de mecánica, entre otros. Debido a que en Inglaterra llevas la moto al servicio (y te pasan una CBR 600 mientras arreglan la tuya) es que les faltaban conocimientos en "mecánica de precisión chilena", así que después de conseguir la autorización de BMW UK, le pegamos un mazaso al perno atascado, previo baño en WD40 (cosa que les sugerí desde un principio). Finalmente salió, con el uso de 5 martillos y 5 fierros.

Y esa noche me llamó Paul, pasada la medianoche. Había hecho el camino desde Villa O'Higgins en un día, y su cordura parecía haber sufrido por tantos km andando a solas y de noche, en medio de la nada.

Siguiente Capítulo: Quellón - Puerto Varas.

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