Qué bueno verte por aquí, forastero. No importa de donde vengas, lo importante es que has llegado.

Te invito a explorar este sitio, usando el índice general de artículos en la columna derecha. En un par de clicks puedes viajar desde el calor del Valle del Elqui hasta el color turquesa intenso del Lago General Carrera; desde la espuma marina y los pinos de la Costa Central hasta las sagradas cumbres de los Andes Chilenos.

Bienvenido seas, y que tengas suerte en tus andanzas.
durandal

Tuesday, March 27, 2007

Fuente de Soda





Soy gorda y fea. Lo sé: mi padre me lo dice a cada rato. Me llamo Jose, con acento en la Jo, y me puso así por un jugador de fútbol, un tal José Martínez. "Menos mal que se llamaba así", me decía, "te habría puesto su nombre aún si se llamara Cornelio". Los demás presentes siempre se reían con esa broma. Yo no, porque sabía que era capaz de hacerlo.

Yo ayudo en la cocina lavando los platos sucios. Me paro sobre un balde de pintura viejo para poder alcanzar el lavaplatos, esa enorme masa blanca que todo el día abarca el campo visual que me dan mis lentes poto de botella.

Yo lavo los platos, mi madre atiende la caja, mi padre prepara comida y suda. Aquí en Chañaral no pasa nada muy interesante, excepto la llegada periódica del bus desde y hacia Arica, y el fútbol. Los días de partido nuestra pequeña fuente de soda se llena; todos vienen a mirar el partido en la pequeña pantalla gigante.

"Erís fea", me dice él. "No te vai a casar nunca, vó". Lo dice con el mismo espíritu con que pellizca el culo de mi madre. Esa es, en realidad, la única atención que recibo. Mi madre no me da ningún consuelo. "Yo me casé con vó pa puro culiar gratis", le dice mi papá cuando toma demasiado. Todos ríen, pero ella no, porque sabe que es verdad.

De hecho, casi siempre me siento como un mueble más, una parte un poco más móvil y redonda de la cocina. No es que me sienta invisible, porque si fuera así, podría desaparecer y nadie lo notaría. Aquí tengo que estar, me dan por sentado. Un día de éstos me voy a resfriar y van a llamar al técnico en vez del médico.

Hoy está lleno, hay un partido importante. No hay mucho que hacer, excepto lavar los platos de alguna chorrillana, o de unas papas fritas. Cuando hay partido, los platos sucios se quedan ahí, sobre la mesa, para las moscas; nadie se quiere distraer.

Un pase y un centro. El equipo local avanza, pasa el centro de la cancha. Pase a un delantero. Lo marcan, se libra. Corre. Todos se inclinan hacia la tele. Pase en profundidad al otro delantero. Finta. Pase. Comienzan los gritos de aliento, ojos grandes, dedos encrespados, un centro al área chica y me paro delante de la tele. Cincuenta y siete miradas dándome más atención en ese momento que la que he recibido en toda mi vida. Detrás mío la tele grita gol, goooooooool.

Soy feliz.


Paul Blackburn - Febrero 2005

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Sunday, March 25, 2007

Don Leopoldo y Yo





Ah, don Leopoldo, si usted supiera las cosas que me aquejan, dije, mientras respiraba pesadamente por el esfuerzo de sentarme, de posar mis huesudas posaderas sobre ese banco de madera de cáctus, pulido por nuestros traseros, la única superficie limpia de polvo en toda aquella calle enceguecedora, polvorienta y blanca de nuestro pueblito perdido en el norte de Chile. A ver, qué le pasa, cuénteme, dijo él, sin un gran interés. El interés lo habíamos perdido como dos jóvenes lentamente pierden el pudor; ahora el interés era una de esas cortesías que, como el pudor, no tenía sentido: no había apuro en nada, cada palabra podía llegar a su ritmo, el hablarlo no cambiaría nada. A estas alturas de la vida ya lo sabíamos. A estas alturas de la vida uno ya sabe ciertas cosas.

Pasó Doña Matilde. Nos saludó, la saludamos, cada uno levantó una mano de la cabeza de nuestros bastones donde las teníamos apoyadas. Sonreír no tenía mucho sentido; con la cantidad de dientes que nos iban quedando, y la mueca permanente de viejo norteño, reseco por el polvo y secado por el sol, cualquier sonrisa era casi indistinguible. Por eso mejor saludar con la mano y un casi imperceptible movimiento de cabeza.

Pasaron minutos, minutos que se iban con gusto, no con desdén, como solían hacerlo. Minutos antes de contestarle. Aquí el tiempo era lo único que existía.

Años atrás, trabajando el caliche, había llegado a esa conclusión. Todo el resto es un sueño, el tiempo nos sueña. Y años antes de cargar los sacos pesados, le había preguntado a mi abuela qué era el tiempo. Ella me había dicho simplemente que los peces tenían el mar, los hombres tienen el tiempo. Y no quiso decir más.

Pero trabajando en el desierto solo, supe. Si pues. Ahí uno se da cuenta: el tiempo se extiende sobre nosotros como un río que emana del desierto y fluye derechito hacia arriba. La arena reseca lo produce, los cerros lo producen, el viento lo produce. Si uno mira derechito hacia arriba, al cielo, puede ver el rastro que va dejando en la corriente del tiempo. Es por eso que el desierto no cambia, la arena y las rocas son siempre igual, pero todo aquel que lo pisa, se va resecando, achicando. A uno se lo comienza a llevar el tiempo. Aquí uno no se puede proteger, el cielo es tan grande y el desierto tan abarcador que no hay forma de salirse de la corriente del tiempo. Esas cosas aprendí trabajando el caliche pues. Estas cosas pensaba antes de responderle a don Leopoldo.

Sin apuro, sin ningún apuro entonces, le comencé a contar las cosas que me aquejaban.


Paul Blackburn

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Saturday, March 24, 2007

La Playa




Tengo una pelota roja. Hago malabarismo: extiendo la mano y la hago rodar sobre mi antebrazo. Las chicas miran, igual se nota que les intereso. Uso un cintillo blanco en la cabeza. Lo uso sólo en verano. Creo que hace resaltar mi bronceado. Lo que no cachan es que es lo único que sé hacer con la pelota: hacerla rodar por mi antebrazo, y sería todo. Como que me ven haciendo cosas simples, y asumen que sé hacer el resto.

Igual de todas estas amigas, la Pancha es la que más me gusta. La Nacha igual está rica, pero yo cacho que debe estar pololeando, porque ni pesca. En todo caso, no nos contó si estaba pololeando o no, así que yo cacho que se vino a Tongoy a puro ponerle el gorro a su pololo, la muy suelta. Pero igual está rica.

Mierda, estaba haciendo una weá con la pelota porque la Pancha estaba mirando, y la weá se me fué y le cayó a una chica equis. Ahora ni pesca y está hablando con el Rolo.

Ya, plan B. Saco una petaca de pisco y se las ofrezco. El Rolo me mira raro, pero no cacho. La Pancha me mira, se levanta, y se va. "Weón insensible", me dice el Rolo, "su viejo se murió de cirrosis". Y él también se levanta y la sigue.

Cuando la gente falla, siempre está el agua. Y pues me saco la polera, me recago de frío con el viento, pero hay que ir. El agua me congela las bolas, me aguanto y me tiro un piquero.

Floto un rato. No reconozco a nadie en la playa. Esta cosa parece sopa de gente. Me alejo un poco, me sumerjo, trato de recostarme en la arena del fondo. En una de esas subo para respirar, y una ola rompe sobre mi cabeza apenas aparezco. Ruedo, ruedo, y al salir, me doy cuenta que perdí mi cintillo. Moqueando y tiritando, me voy a la paya. Genial: mi toalla está mojada y arenosa, y no se ve ni a la Pancha ni la Nacha.

Espera, ahí están. Sentadas en ese grupo con el tambor y la pandereta. La Pancha tomada del brazo del Rolo, y la Nacha con la cabeza apoyada en el hombro del huevón con el tambor. El tipo toca algunos ritmos pseudo-brasileños, pero probablemente no sabe más que eso, y la gente no cacha que no sabe.

Puta la weá.


Paul Blackburn - Febrero 2005

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Friday, December 29, 2006

Hincha




A mi no me gusta el fútbol. Y será porque nunca lo jugué de chico. A los seis años me hicieron una traqueotomía. Fui el único de tres chicos en sobrevivir la operación en esa época. La doctora le dijo a mi madre que debería encontrar algo para distraerme, para no quedar con algún trauma de la operación. En esa época no se tenía la psicología como la tenemos hoy, pero vos ves que aún así se piloteaban los doctores.

Mi madre le hizo caso. Un año hice clases de arte, al siguiente de teatro, al siguiente de danza. Mientras los otros chicos se rascaban la panza o iban a jugar a la pelota, yo corría para no llegar tarde a algún ensayo.

Y claro, a los 17 me casé y hasta ahí nomás llegó todo. Pero ese comienzo me marcó. Veía los mundiales, claro, pero sólo para estar informado.

Yo soy de Boca. Toda mi vida he sido de Boca, es por elegir un equipo. Sabés que la primera vez que fui al estadio de Boca, la Bombonera, fue el año pasado, porque me llevó mi hijo.

Él siente el fútbol en el alma. De chiquito decía "yo soy hincha de Boca y peronista". Las tenía bien claras, él.

Y pasa el tiempo y uno tiene que despedir a los hijos. Tengo dos hijas, una de 26 y otra de 30, y ya decidieron ir a hacer vida solas. Uno nunca sabe, de pronto el chico también se nos va dentro de poco. Pero vos sabés como es la cosa: los hijos no son de uno, son de la vida.

Y llegamos, Viamonte con 9 de Julio. Seis con veinte. Tenés sencillo?

Paul Blackburn

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Tuesday, October 24, 2006

Cafetería de Aeropuerto



Yo trabajo en la cafetería de un aeropuerto. Visto de chaqueta blanca y pantalones negros. Soy soltera y vivo con mi madre en un barrio suficientemente agradable. Tengo 32 años y detesto el rosado.

Trabajo con tres compañeras en el mostrador del café. Nos llevamos suficientemente bien. No somos del todo atractivas, pero las otras dos están casadas.

Todos los días veo gente sentada en las butacas y asientos. Los viajeros solitarios siempre eligen las mesas cerca de la ventana. Miran la bruma o el cielo azul, da igual. Si son hombres, se imaginan distraídamente que conocerán una viajera atractiva. Se les ve en la postura.

Todos los días sirvo café y galletas o tortas o jugo. Los días de sol, cuando el cielo brilla de azul y el frío lo purifica todo, me siento como una sacerdotisa.

Al servirles el café, cada café, pienso: "Tome señor. Éste podría ser su último café. Siéntale el aroma, no se queme; lo preparé con cariño." Uno nunca sabe. Por eso sus propinas son como una herencia. Las guardo en una caja de lata bajo mi cama. Mi madre dice que estoy loca. Algún día pasará lo inevitable, se caerá un avión, y alguien en él tendrá todavía en su boca el gusto de un café que yo le serví. Y entonces cobraré la herencia que hay bajo mi cama. Sumaré todos los miles de fragmentos de contacto humano que recopilo al intercambiar las breves palabras con el cliente, y lloraré. Pero eso es todo; hay que tener cuidado de no encariñarse con ellos. Por eso yo sólo les sirvo el café y ya.

Paul Blackburn

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El Cantar de la Lluvia



Eran ya las diez y había estado lloviendo hace horas. Estaba sentado en la cocina oscura, en la silla que tuvo que arreglar esa misma tarde. El olor a pegamento había cedido ante el olor de la lluvia.

Miraba el servilletero, como proyectaba su desfigurada sombra sobre la mesa. Pese a que sentía un poco de frío en las canillas, no tenía ganas de cerrar la ventana. Sentado ahí en la semi-oscuridad, escuchaba como pasaban los autos en la calle mojada, se imaginaba los techos que podría ver si se asomara a la ventana: techos de fibrocemento, de zinc, con tejas viejas, ladrillos, tubos de metal y otros desechos tirados encima. Si fuera por él, si él pudiera decidir qué ver desde su departamento, aquellos techos estarían limpios de basura; no tendría que mirar ese desorden gris todas las mañanas, todas las tardes, día tras día.

Pero ahora no los podía ver porque estaba sentado, y sólo alcanzaba a ver el cielo nocturno oscuro y frío. Sentado con las piernas cruzadas, jugaba con un lápiz, dándole vueltas, vueltas. A veces se le caía y tenía que empezar de nuevo. Volvió a pensar en los techos, en las planchas de pizarreño manchadas por la orina de gato. Sentía que las podía ver, ahí al otro lado del muro, mojándose, limpiándose. Sentía que su cocina, de noche, podía alterar los ruidos, su percepción del mundo. Se podía imaginar los techos limpios, regulares, sin manchas, reluciendo bajo la lluvia, negros con reflejos agudos de las luminarias anaranjadas. Podía imaginarse a los gatos temblando de frío en algún rincón, mojados, patéticos.

El lápiz seguía dando vueltas. Quizás si la luz estuviese prendida, habría logrado ver algún tipo de marca que le estaría haciendo a la mesa, a esa formica que se parecía a la porquería con que tapaban las mesas en los antros cerveceros, pero su mano estaba sumida en sombra; la única luz era la tenue franja anaranjada que cruzaba la mesa, marcando al servilletero.

Había considerado escribir algo en alguna servilleta; después de todo, no era poco común que la gente en sus momentos de tedio escribiese sobre servilletas, y hasta era posible que lograra algo decente. Lo había considerado, pero desechó la idea. En primer lugar, esta era su cocina, no cualquier restorán. Y en segundo lugar, no tenía nada que escribir. Qué prepotencia! Qué estúpido habría sido tomar el lápiz con la intención de escribir algo, para encontrarse que, lápiz en mano, no tenía nada que escribir. No había nada que le irritara más que esa predisposición absurda, ese entusiasmo literario tan infantil. Le desagradaba porque bien sabía que era una parte de su personalidad, que él hacía eso a veces, pero que la otra parte de su personalidad, la que había ido apareciendo a medida que pasaban los años, se lo criticaba, le pisoteaba la idea y, entonces, decidía no hacerlo, avergonzado de que siquiera se le había ocurrido. Si uno va a escribir algo en un papel, se dijo, que sea porque uno tiene algo que escribir, algo que lo tire, que lo empuje hacia el papel, como una persona subiendo desde las profundidades a la superficie clara y blanca del papel, donde podría respirar, gritar, pedir ayuda.

Notó que ya no tenía frío en las canillas y, además, que le ardían las orejas. Dejó el lápiz, lo dejó con la intención que rodara hasta que se topase con el servilletero, pero, en la oscuridad, era difícil juzgar la forma de soltarlo correctamente. Como una afrenta a su pequeño plan, el lápiz rodó, pasó cerca del servilletero, pero siguió de largo. Escuchaba mientras se alejaba, mientras cruzaba la gran planicie de sombras negras y claridades anaranjadas, hasta que el sonido se detuvo en seco: un momento se escuchaba claramente el rodar entusiasmado de su forma octogonal, y al siguiente, silencio, no lo pudo ver ni oír más y concluyó que se había topado con algo.

Sentado en la oscuridad, se sintió extrañado por la desaparición del lápiz. Pensó que quizás habría dejado algo ahí, una moneda, la caja de fósforos quizás, pero pensó en esos objetos sólo como una cortesía a su racionalidad, a su mentalidad lógica. El sabía bien que esos objetos estaban en cualquier parte menos en la mesa de la cocina: los bolsillos se los vaciaba en la mesita al lado de la puerta principal, porque no soportaba tener dinero suelto en la casa, y los fósforos estaban cerca del calefont. No, la mesa estaba vacía excepto por el servilletero.

Se le ocurrió la idea de explorar con la mano que le había estado sosteniendo la cabeza hasta ese momento, para ir en busca del lápiz y, de paso, quizás relajar algunos músculos y reacomodarse, porque su espalda estaba un poco adolorida. Su reacción lo sorprendió como un latigazo frío, un destello: no quería. Aún más; no podía. Fue entonces cuando notó la palpitación en sus tímpanos, en la vena que podía sentir con su dedo índice posado sobre su frente. No lograba comprender cómo se había congelado, cómo le había invadido un miedo involuntario, un miedo tonto de niño. Creyó sentir vergüenza, pero se distrajo con un pensamiento más imponente: estaba solo. Estaba sentado solo en su cocina, en la oscuridad, con la ventana abierta, dejando entrar el leve susurro de la lluvia. Estaba solo en su casa, no volvería nadie esa noche, no estaba esperando a nadie, vivía solo.

El susurro de la lluvia lo envolvía, entumecía su pensar.

Volvió a pensar en el lápiz. Se podría haber caído. A su miedo ahora se le sumaba enojo, enojo consigo mismo por ofrecer ideas tan estúpidas. Sabía perfectamente bien que el lápiz no se había caído,que no lo había detenido una caja de fósforos, ni una moneda, ni ninguna otra cosa como esa. Esforzó la vista nuevamente, tratando de percibir la silueta del lápiz o algún movimiento en la oscuridad. Nada.

Sabía con una certeza temible que tenía que salir de la cocina inmediatamente. Cada movimiento, cada palpitación de su frente, de su pulgar, de su pecho, cada respiro que daba lo desesperaba, le quitaba el aliento, lo dejaba aún más paralizado. Pensó en la posibilidad de gritar, pero no podía. La oscuridad le miraba en la cara y no podía. Sintió desesperación, pánico, comenzó a temblar. No quería terminar así. No era justo terminar su vida en una noche lluviosa, contemplando un servilletero.

Sin saber exactamente que fue, algo lo espantó. Algo le había precipitado a cometer la estupidez más grande de toda su vida. Estupefacto, se vio a si mismo, vio en cámara lenta como su cuerpo se levantaba y en un movimiento fluido trataba de lanzarse al pasillo, salir de la cocina y dejar atrás aquella helada oscuridad.

El chirriar de la silla perturbó el silencio, un paso, dos pasos, el ruido de su ropa, sus resoplidos rasgados y—

Nada.

Sólo el suave susurro de la lluvia en los techos mojados.

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Monday, October 23, 2006

Santiago Nuclear



CORFO nos regaló a IANSA, a Entel y a INACAP, por mencionar los primeros tres que se me vienen a la mente. Y muchos más. Chile progresó. Recuerdo el afiche enmarcado que estaba colgado en la oficina de Registros y Documentos del centenario edificio de la CORFO, en el antiguo centro. Fui por un certificado, una nimiedad. Mientras la chica lo buscaba en el archivador, me quedé en esa posición de cliente sumiso y paciente: piernas cruzadas a la altura de los tobillos y retraídas bajo la silla, manos tomadas en el regazo, mirada inocente explorando el entorno espartano-chic.

Lo único que había por ahí era un afiche antiquísimo, seguramente creado para CORFO en sus inicios, realizado en un encantador estilo de propaganda soviética de mitad del siglo XX. En él, un hombre fuerte y de facciones angulares se tomaba de la mano con una mujer, y a su costado, un niño, todos vueltos silueta por una emanación de luz enceguecedora y parados sobre una especie de torta de matrimonio, formado por una lista de las formas en las que CORFO había contribuido al desarrollo nacional. Irónicamente, lo único que recuerdo de esa lista es "electrificación rural".

Pasaron las generaciones, Chile progresó.

Casi dos siglos después de la creación de ENDESA por CORFO, dejando atrás décadas de debate público y desarrollo en conjunto con los argentinos, Chile ya estaba firmemente instalado en el club sudamericano de los países con más de la mitad de sus necesidades energéticas suplidas por centrales nucleares.

El know-how era principalmente argentino; la ventaja de un siglo y medio que le llevaban a Chile en el área era una brecha por completo insuperable, y no quedó otra más que traerlos a Santiago a colaborar con los buenos pero pocos de la CCHEN.

Y bueno, el diseño del reactor se bautizó con un nombre suficientemente patriota, se hizo gran fanfarria, y luego de la primera inauguración, el ego nacional se infló tanto que los argentinos se comentaban que era como estar en casa.

Y pasaron los años, y se construyeron más. Chile comenzó a exportar energía eléctrica, e irónicamente su cliente principal era Argentina.

La tercera planta fue construida cerca de Bustamante, al otro lado del cerro de donde alguna vez estuvo el Reactor Nuclear Experimental RECH-2 de Lo Aguirre. Era la planta más cercana a la capital.

Esa noche recuerdo haber estado sentado en el techo de mi casa, leyendo. Era verano, y no hacía frío. La primera impresión que tuve fue como si alguien hubiera prendido la luz de golpe. Fue como los destellos de los fuegos artificiales de año nuevo, pero este destello era groseramente sostenido. El cielo estaba completamente iluminado, y alrededor mío se dibujó un panorama de sombras negras y perfiles pálidos. Y allá, a lo lejos, durante varios segundos, la fuente: un brillo enceguecedor en el horizonte, más allá del Cerro San Cristóbal.

Y entonces fué cuando la luz pasó de ser blanca, azulosa, a ser un anaranjado de amanecer, y vi la puesta de sol en reversa, una orbe enorme que subía lentamente, acortando imperceptiblemente las duras sombras de los edificios y los árboles, y yo, sentado sobre el techo con mi libro en mano, la luz de la linterna invisible ya, sintiendo un calor ardiente en la cara, con manchas en la visión, supe que las cosas no andaban bien.

En lo único que podía pensar era ese afiche que vi en la oficina de CORFO.

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Wednesday, July 12, 2006

En Busca del Monopolo Magnético

Este es un cuento que escribí hace ya varios años, cuando estudiaba física en la U. de Chile, en el campus Juan Gómez Millas. El cuento fue publicado originalmente en Caballos de Troya, una revista gratuita que publicábamos en la Facultad de Ciencias con amigos.

Algunas de las cosas que se mencionan forman parte del folklor del departamento de física, y otras (como el ciclotrón) tienen una historia interesante, aunque quizás con un final un poco decepcionante. En fin, sin más rodeos, les presento el cuento.

* * *

Gonzalo era un estudiante común y corriente. Iba a la U, asisitía a las clases, jugaba taca taca y de cuando en cuando sacaba libros de la biblioteca. Cuando esta rutina se volvía levemente tediosa, jugaba al ping pong en vez del taca-taca en la mesa de Filosofía. Se podría decir que vivía una vida bastante normal, relajada y feliz.

Un día que su rutina de taca taca y clases ya lo tenía levemente aburrido -- y deben entender que no era más que eso, la vida de Gonzalo le ofrecía suficientes entretenciones como para nunca estar desesperadamente aburrido, siempre había alguna cosita aquí y allá que lo pudiera entretener-- y ni siquiera una partida de ping pong con sus amigos en Filosofía le parecía muy interesante, decidió ir a pasearse por la facultad de física. Ustedes entenderán que, aunque Gonzalo era estudiante de física, él nunca había explorado todo el departamento; habían puertas que nunca había atravezado e ignoraba lo que estaba al otro lado de esas puertas. Pero eso no le molestaba en lo más mínimo, ya que, como dijimos, Gonzalo era inherentemente feliz con su diario vivir tranquilo y sin sobresaltos.

Caminó por los pasillos, silbando calladamente porque no era muy afinado y no quería molestar a los Profes. (Cuando pasó frente a la puerta del Prof. Ferrer, calló por completo). Caminaba con las manos en los bolsillos, tratando de encontrar algo que no había notado antes. Pasó delante de la máquina de bebidas, donde un alumno conversaba en un tono condescendiente con la máquina mientras veía cómo el billete con el cual estaba tratando de pagar le era devuelto repetidamente. Pasó delante de la oficina del Prof. Rogan y notó que había un hombre de la Coca Cola con una carretilla llena de botellitas tratando de ingresar su mercancía por la puerta. Se devolvió y caminó en la otra dirección, mirando los paneles con informaciones de 1996 y afiches de congresos como "ORGASMATRON 2000" y "VERGANOID 2001". Pero todo ya le era conocido.

Llegó al final del pasillo, donde estaba todavía el estudiante conversando con la máquina de bebidas y al parecer le ofrecía favores sexuales a cambio de una mísera lata.

En eso Gonzalo notó que la puerta hacia el ciclotrón estaba entreabierta, así que decidió asomar la cabeza. Lo primero que le impactó fue el desorden. Había todo tipo de artefactos desparramados por todas partes, cosas grandes, cosas chicas, cosas que parecían las míticas Sondas Anales de los alienígenas, cables, cajas de metal. Un leve zumbido resonaba en toda la sala, que era amplia y con un techo bastante elevado. y en frente de él estaba lo que no podría ser otra cosa más que el ciclotrón. Se quedó mirándolo por varios minutos, apreciando su grandeza, pensando en sus orígenes, en cómo había llegado a Chile, en lo que significaba que su universidad tenía un ciclotrón, en todas los experimentos maravillosos que se podrían hacer en él y si serviría para hacer popcorn. Una voz que provenía desde alguna parte oculta del ciclotrón le interrumpió. "MIERDA!!".

Consideró toser educadamente para hacer un poco más notoria su presencia, pero decidió no hacerlo. Pensó que posiblemente el dueño de la voz estaría bastante frustrado por algún motivo y no le alegraría tenerlo a él como visita. Para su horror, su estómago soltó un gruñido de trueno, seguido de una flatulencia desproporcionadamente resonante. Esto le preocupaba no sólo por el hecho que ya no tendría ninguna oportunidad de presentarse de una manera cortés y elegante con el dueño de la voz que había escuchado, sino que, además, era la cuarta flatulencia de magnitud 7.4 en la escala de Richter que había tenido esa mañana. Esto no ocurría normalmente en la vida alegre y tranquila de Gonzalo. Se sintió preocupado y se prometió a si mismo que iría al SEMDA para un chequeo médico después de jugar su partida de taca taca esa tarde.

En respuesta a su Olímpica fanfarria de hace algunos segundos, el profe que había estado agachado entre los cables y demases levantó la cabeza.

"Si? Ah, hola. Qué haces por aquí? Buscas a alguien?" preguntó el profe. "No, en realidad sólo andaba explorando un poco." Y como para compensar su maleducada interrupción, preguntó cortésmente "Algo le salió mal, profe?".

El profe emitió un gruñido, se incorporó y dijo "Un experimento con el ciclotrón. Era de lo más simple. Acelerar protones, quería calibrar algunas cosas. Pero salió mal! No lo entiendo, esto nunca había pasado. Esto sólo podría pasar si hubiera algún campo magnético enorme cerca del ciclotrón, pero no lo hay!". Fue en ese momento que una taza metálica de café que estaba sobre un escritorio cercano a Gonzalo comenzó a moverse. Lentamente al principio, pero agarrando velocidad gradualmente, se fue acercando al borde, donde hizo una corta pausa y se lanzó decididamente al trasero de Gonzalo exactamente de la manera que las tazas de café metálicas no lo hacen. Gonzalo, con las manos en los bolsillos, giró levemente su torso para poder ver la taza adherida a su posterior. La miró un par de segundos y, viendo que parecía estar contenta en ese lugar, se volvió a mirar al profe. Levemente avergonzado, se encogió de hombros. El profe lo miraba muy intrigado. Parecía que iba a hablar, pero la mirada de los dos se desvió a un archivero metálico que estaba contra la pared, a unos metros. Un cajón se estaba abriendo lentamente. Llegó al final de su recorrido, se quedó quieto, cayó al piso estrepitosamente, comenzó a arrastrarse por el piso hacia Gonzalo (quien seguía con las manos en los bolsillos) y acelerando en una loca carrera se lanzó contra su trasero, donde se instaló emitiendo un ruido sordo y fuerte. Nuevamente Gonzalo, con las manos en los bolsillos, giró su torso lentamente para poder apreciar la creciente colección de objetos adheridos a su ulterior y, viendo que el cajón le hacía buena companía a la taza, se volvió para mirar al profe, quien le miraba atónito. Fue sólo cuando el instrumento que le recordaba a una Sonda Anal comenzó a tambalearse que decidió que era hora de concluir su visita al ciclotrón.

Pasó nuevamente por donde estaba la máquina de bebidas, e hizo un chasquido con la lengua en desaprobación por la obscenidad que estaba cometiendo el estudiante antes mencionado con la máquina. El profe lo siguió apresuradamente y, alcanzmándolo, comenzó a hablar impacientemente.

"Que tienes en tu trasero, Gonzalo? Qué traes?". Gonzalo le replicó que no traía nada en su trasero, aparte de un par de objetos metálicos que hacían un ruidito metálico a cada paso que daba. "Pero tienes que tener algo!" exclamó el Profe. "Las cosas no son atraídas a los traseros de la gente así como así! Tengo que hacer un experimento para determinar que tienes ahí que pueda estar causando tantas anomalías". Viendo que probablemente sería una manera interesante de pasar la tarde, accedío y fueron al laboratorio del profe.

Media hora después salieron del laboratorio, y el profe exclamó "No puede ser! Los resultados indican que... pero no me lo creo la teoría dice que debería haber por lo menos uno en todo el universo pero... " Impaciente Gonzalo le preguntó a qué se refería. Le explicó que los imanes y las cosas magnetizadas siempre tienen un polo norte y un polo sur, pero que para poder explicar porqué la carga está cuantizada, se postula que en alguna parte del universo existe al menos un imán que sólo tiene un polo, el cual nunca se había encontrado. El profe le miró a los ojos, le puso una mano en el hombro y le dijo "Gonzalo: por algún extraño motivo, lo que tú tienes metido en el culo es un monopolo magnético!!!". Gonzalo pestañó un par de veces. Lo hizo de nuevo, porque no se le ocurría nada que decir. Cuando al par de segundos todavía no se le ocurría nada que decir, varió un poco la rutina y trago saliva y luego pestañó un par de veces. Apenas tuvo tiempo de sentirse orgulloso de su pequeña improvización cuando el profe le dijo "Gonzalo, me tienes que contar todo lo que has hecho en los últimos días, si has notado algo raro, cosas anormales, todo.". Comenzaron a caminar lentamente, mirando al suelo mientras Gonzalo le relataba lo de sus juegos de taca taca, las clases, la biblioteca y sus ocasionales escapadas hacia el ping pong. Caminaron bastante, por todo el campus. All llegar de vuelta al departamento de Física, del culo de Gonzalo pendían varias sillas, un basurero, tres microscopios, la puerta del quiosco y un perro que resignadamente colgaba de su collar. Acordaron que el profe le investigaría el monopolo a Gonzalo y, a cambio, Gonzalo podría experimentar metiendo popcorn al ciclotrón.

Pero Gonzalo nunca llegó a poder meter popcorn al ciclotrón. El profe convocó a una conferencia de prensa con los medios de comunicaciones mundiales, donde reveló que había localizad a un, posiblemente el, monopolo magnético, y que estaba alojado en las proximidades del ano de Gonzalo. Sentado al lado del profe en la conterencia de prensa, Gonzalo se rubirozaba al escuchar cómo hablaban de su trasero tan abiertamente y se distraía soñando con cantidades industriales de popcorn alcanzando velocidades relativistas. Después de las conferencias de prensa vinieron los científicos gringos, quienes se lo llevaron a Valdivia para hacerle más experimentos, la mayoría de los cuales consistían en tener a Gonzalo sostenido en posición de 90 grados por un harnés, mientras que los científicos ponían cargas de prueba, bobinas y demases cerca y hasta dentro del culo del pobre Gonzalo. Resignado, poque sabía lo importante que era su monopolo para la ciencia, sólo podía soñar con las tardes cuando jugaba taca taca con sus amigos. Los experimentos duraron varios días, y durante la noche, cuando no le hacían experimentos, tapaban a Gonzalo colgado en su harnés con una sábana para que la luz del laboratorio no le molestara. El guardia de seguridad del edificio donde estaba ubicado el laboratorio se preguntó varias veces durante la noche qué sería ese ruido como si alguien estuviera silbando melancólicamente a lo lejos.

Tan pronto como terminaron los experimentos en Valdivia, vino una delegación Europea, para lIevar a Gonzalo a Suiza, donde lo podrían estudiar mejor. Tristemente preguntó si le dejarían meter popcorn al acelerador de CERN, y le prometieron que sí. Pero después de experimento tras experimento, venía otra delegación de otra parte del mundo, quienes se llevaban al pobre Gonzalo para hacerle más pruebas.

Tras meses de viajes y experimentos, la comunidad científica internacional finalmente llegó al consenso general de que no había nada más que aprender del monopolo de Gonzalo, no tenía ninguna utilidad bélica ni comercial, y por lo tanto ya no sería necesario hacerle tantos exmámenes. Sin embargo, se determinó que el monopolo de Gonzalo era un patrimonio de la humanidad y debido a esto debería poder ser visto por cualquier persona. El museo Smithsonian acordó acoger a Gonzalo.

Si algún día visitas ese museo, y te quedas hasta tarde, cuando ya han cerrado las puertas y han apagado las luces, puede ser que escuches a alguien silbando tristemente, lamentmándose por tener un monopolo magnético en el orto.

Paul Blackburn

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Thursday, November 17, 2005

Pies y Cabeza


Él: Me encanta caminar a pie pelado, sentir la aspereza del suelo, la tibieza de la piedra calentada durante el día, el pasto fresco y hasta húmedo entre los dedos de mis pies, el golpe rítmico de mi talón contra el suelo, las piedritas y su punzar catártico, la suavidad de las baldosas...

Ella: Ay no, que horror, lo detesto, me daña y reseca la piel, además me duele!

Él: Me encanta sentir el viento contra mis mejillas, silbando en mis oídos, un viento tibio y que acarrea olores y vivencias de pasto, árboles, flores, sol; sentir cómo todo cambia cuando sopla el viento al sol, cómo todo se aviva y alegra...

Ella: El viento me sube la falda!

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Saturday, November 12, 2005

A 100 Pesos Los Alfajores

Lo que la chica linda que vende alfajores a la salida del metro no sabe es que el chico que pasa todos los días y le dice "No, gracias" con una sonrisa nunca le podrá comprar un alfajor porque desde chico que el chocolate le da migrañas y hace más de diez años que no come chocolate y preferiría sacrificar el chocolate y todo lo que el chocolate le puede traer a cambio de la cuasi-certeza de que no tendrá nunca más una horrible migraña.

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Friday, November 04, 2005

Metro

El primer vagón del tren del Metro de Santiago contiene dos secciones. Éstas son: delantera y trasera. La delantera corresponde al primer cuarto de vagón y la trasera, a los tres cuartos restantes. El resto de los vagones no son interesantes y sus cualidades son análogas a las de la sección posterior del primer vagón. El criterio por el cual se definen éstas secciones es meramente funcional: para un observador novato, ambos forman parte de un mismo vagón, sin demarcaciones ni características geométricas que las distingan. Su diferencia radica en sus cualidades, ya que ambos tienen características positivas y negativas.

La sección delantera beneficia al pasajero en las horas de mayor congestión humana con una densidad menor de cuerpos. El pasajero astuto sabrá colocarse en el punto preciso del andén para quedar frente a la primera puerta del tren. Tendrá así una menor probabilidad de viajar de manera extremadamente incómoda (hasta se podría decir íntima), o incluso de quedar parado sobre el andén, viendo cómo los afortunados desaparecen por la negra boca del túnel.

Por otra parte, aunque en la primera sección se viaja marginalmente más cómodamente, la ventilación es notoriamente insuficiente. Las ventanas admiten un flujo de aire, pero éste se desplaza rápidamente hacia la sección posterior, dejando el aire propio de la primera sección completamente estancado.



Es en en medio de este aire estancado que encontramos a once pasajeros silenciosos y dos en conversación. Al costado derecho de la puerta, bajo el freno de emergencia, se encuentra Enrique G. Enrique es bajo, de unos trentaytantos. Su cara es levemente angular, pero amigable; de hecho no sorprendería haberlo visto como leyenda menor de la Nueva Ola hace todos esos años. Algo habrá intuido sobre su plausible vida pretérita y alterna, ya que viste una camisa color marrón de anchas mangas, y las patillas descienden más allá de lo que honradamente se podría llamar una longitud casual.

Renato M. (a dos cuerpos de distancia, aproximadamente sobre el eje central del vagón y frente a la puerta) lo ha visto hace unos minutos. Le ha llamado la atención su apariencia. Éste se vuelve uno de esos momentos temidos en los que Renato desciende en un remolino de dudas acerca de su sexualidad. No ocurre seguido, e intenta acostarse con una mujer distinta por lo menos dos veces al mes para calmar sus dudas existenciales. Pero muy de vez en cuando, en un momento de ocio, nota a otro hombre, de apariencia interesante, y luego se pregunta si no lo habrá estado mirando demasiado tiempo (lo que lo obliga a flagelarse mentalmente, y se le vuelve irresistible el volver a mirarlo, una última vez, una mirada cortita). Le late el corazón y siente que comienza a sudar. Más aún.

José M. también está sudando, al igual que el resto de los pasajeros, pero por esos motivos incomprensibles del azar y la genética, logra anunciar sus secreciones con una rimbombancia química que tiene a más de alguno mareado ya (Renato se pregunta si no serán las feromonas de aquel que va delante que lo tienen confundido). José es uno de los que conversa, y antes de entrar en la estación, caminando desde la facultad, se fumó un par de puchos. El olor acre y amargo de cenicero sudoroso es su marca personal.

Sobre su interlocutor no diremos nada; fallecerá mañana de madrugada en un choque y no sería prudente inmortalizarlo en un relato tan banal como éste.

Evelyn H. está en la esquina diagonalmente opuesta a Renato. Viste semi-formalmente. Mira por la ventana, y pareciera estar triste, pensativa. Otro pasajero cercano, que está pensando justamente acerca de sus co-viajantes, decide para sí mismo que esta chica está triste porque ha salido hace poco de una relación. Agrega la nota mental de que probablemente fue finalizada por ella, dado el mal trato que recibía de su novio. Es más: amigos y gente cercana le habían insistido que él no era lo suficientemente bueno para ella. Terminar con él requirió toda la energía que le podía entregar su menudo cuerpo y alma. Satisfecho con su análisis, procedió a analizar las posibles formas de entablar conversación con ella. Qué abrumadora tarea tendría por delante! Cómo comunicar a esta chica en una conversación casual (casi tácitamente prohibidas en el Metro, por su escasez entre extraños) que él era un chico razonable, cariñoso, que le gustaba ir al cine y que tenía mucho amor para darle, si sólo le admitiera la más ínfima oportunidad de demostrárselo! Ciertamente la trataría mejor que su ex. No tenía idea si la chica era de pensamientos liberales o si tendría que esperar antes de ir a la cama con ella, pero estaría dispuesto a esperar, y esa espera le mostraría lo loable que eran sus intenciones.



En realidad Evelyn piensa sobre el desagüe de su ducha. Esta mañana el agua se había demorado en bajar. Al llegar a casa tendrá que meterle gránulos de soda cáustica, a ver si se destapa. Ese pensamiento le recordó (como siempre sucedía cada vez que pensaba sobre o se mencionaba la soda cáustica) ese experimento que hicieron en el colegio con una hoja de álamo. La dejaron remojando en una solución de soda cáustica durante una semana, y al final sólo quedó un fantasma de hoja, traslúcida y delicada como una medusa. Piensa que le gustaría hacerlo otra vez, quizás con una hoja más grande, pero probablemente no lo haga. Al llegar a casa estas ideas siempre se le desaparecen, casi como si fuera otra Evelyn la que existía en el trabajo y en la casa. En sus ratos libres, cuando viajaba en Metro, le surgían estas ideas.

Levanta brevemente la vista y se pregunta si habrá otros teniendo ideas libres, soñando, como ella. No, se dijo. Seguro que todos están pensando cosas normales.

Se abren las puertas y comienza el influjo de gente nueva.

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